Vídeo

Vídeo para celebrar la navidad y el año nuevo: Marcha Femenina por la Paz

Según recoge la noticia de Ana Domingo en lainformacion.com (23 de diciembre de 2016), el pasado mes de octubre tuvo lugar una macha de mujeres de diferentes religiones y culturas que recorrió varias localidades de Israel con el objetivo de reivindicar la paz.

Ahora se ha publicado el vídeo con la música de la cantante israelí Yael Deckelbaum y la canción ‘Prayer of the Mothers’ ha puesto banda sonora al evento:

 

Sirva esta entrada en el blog para dar mayor visibilidad a esta maravillosa, valiente y poco difundida por los medios de comunicación gesta de mujeres por la paz.

Y sirva el bonito vídeo resultante para desearos unas felices fiestas y un año 2017 lleno de paz!

Ábreme con cuidado

Sesión 67 (13 de diciembre de 2016)

Ábreme con cuidado / prólogo de Gloria Fortún; relatos inéditos de Isabel Franc, Clara Asunción García, Pilar Bellver, Carmen Samit, Gloria Fortún, Lola Robles, Camen Nestares, Carmen Cuenca y Gloria Bosch Maza. — [Madrid] : Dos Bigotes, (c) 2015.–240 p.

“‘Ábreme con cuidado’ es el fruto de un desafío planteado a nueve magníficas autoras españolas -Clara Asunción García, Isabel Franc, Pilar Bellver, Lola Robles, Gloria Bosch Maza, Carmen Samit, Gloria Fortún, Carmen Nestares, Carmen Cuenca-: convertir las figuras de Natalie Clifford Barney, Patricia Highsmith, Virginia Woolf, Marguerite Yourcenar, Aphra Behn, Carson McCullers, Elizabeth Bishop, Emily Dickinson y Gloria Fuertes en protagonistas de un relato de ficción.”

(Lote de 20 ejemplares del libro disponible para su préstamo en el Centro de Documentación María Zambrano, del Instituto Andaluz de la Mujer)

Valoración

Obra coral con relatos sobre o inspirados en escritoras lesbianas famosas realizados por escritoras españoles de la misma orientación sexual.

Se trata, pues, de una obra literaria reivindicativa, que ‘visibiliza’ que también las mujeres, escritoras en este caso, tienen derecho a la sexualidad que mejor les cuadre en cada momento y que eso no es -o, en todo caso, no debería ser- un ‘handicap’ para nada, habiendo existido -y existiendo en la actualidad- grandes escritoras lesbianas, lo que no les ha impedido sino que más bien les ha inspirado la creación de una obra literaria extraordinaria.

Siendo nuestro grupo de lectura de mujeres tan diverso, las opiniones expresadas en la reunión fueron como era de prever, diversas: a algunas les habían gustado mucho algunos relatos y no tanto otros, y a otras todo lo contrario. Por ejemplo, a Carmen J. le había gustado mucho el de ‘A Virginia le gustaba Lita’, de Pilar Bellver sobre Virginia Woolf y Vita Sackville-West, del que decía que se notaba que estaba muy bien documentado, mientras que a Concha le había maravillado el titulado ‘Tu nombre me lo callo’, de Gloria Bosch Maza sobre Gloria Fuertes, que se había leído tres veces seguidas. Esto provocó que con posterioridad otras componentes del grupo diéramos una segunda oportunidad y disfrutaramos algunos de los relatos que al principio no nos habían terminado de seducir.

Y es que una de las cosas estupendas de un grupo de lectura es que la mirada sobre las obras se enriquece extraordinariamente, lo que hace que en las reuniones nos hagamos conscientes de cuestiones que quizá habíamos pasado por alto o no habíamos valorado y sentido en su momento en su justa medida.

Más opiniones sobre el libro: una compañera que no pudo venir a la reunión comentó previamente a la misma que se notaba que se trataba de una obra de encargo, por lo que algunos relatos estaban más conseguidos que otros, en función, quizá, de la cercanía de las distintas autoras con la escritora que le había tocado ‘rel(tr)atar’. Otra compañera dijo que había ‘sufrido’ con muchos de los relatos por mostrar los mismos una realidad compleja, motivada quizá porque, por presiones sociales y familiares, las escritoras reflejadas en los mismos habían debido reprimirse, ocultarse o vivir contra las normas sociales al uso, con los posibles desequilibrios que ello puede provocar. Y en relación a este tema, dando una visión enriquecedora de la sexualidad, otra compañera concluyó con un bello pensamiento, algo así como que las opciones sexuales deberiámos manternerlas abiertas a lo largo de toda la vida e ir desarrollando todo el tiempo los deseos y sentimientos con las personas que vayamos sintiendo en cada momento, sin importar el sexo de las mismas.

En lo finalmente todas estuvimos de acuerdo es en que la gran bondad de este libro es que te lleva a descubrir -o redescubrir- autoras fundamentales, abriendo así un mundo de posibilidades lectoras y vitales.

Obras citadas en la reunión y en el libro

Películas mencionadas en la reunión, relacionadas con la temática del libro:

No las tenemos en nuestro Centro de Documentación ni están disponibles para su adquisición por los medios convencionales pero pueden descargarse en webs de cine autorizadas.

Sí tenemos, en cambio, los siguientes libros relacionados con la obra, varios de ellos citados en la misma:

  • El almanaque de las mujeres, de Djuna Barnes. Egales, 2008

    Parodia en torno al alocado círculo sáfico de Natalie Barney y su Académie des Femmes

  • Carol, de Patricia Highsmith. Anagrama, 1997

    Novela de tintes autobiográficos en la que se basa la película del mismo título sobre la que versa un artículo de Elvira Lindo en El País (6 feb. 2016).

  • A Virginia le gustaba Vita, de Pilar Bellver. Dos Bigotes, 2016

    Obra que desarrolla el relato del mismo título de la obra sobre la relación entre Virginia Wolf y Vita Sackville West.

  • Una habitación propia, de Virginia Woolf. Seix Barral, 2011

    Obra fundamental de la escritora, ‘disfrutada’ en su día por el grupo de lectura.

Más noticias y opiniones sobre la obra

De velos islámicos… Entrevista a la feminista argelina Marieme-Hélie Lucas

Como se ha comentado en la entrada anterior, en la reunión en torno al libro ‘Sueños en el umbral…‘, de Fatima Mernissi, hubo cierta polémica en torno al velo islámico, lo que nos lleva a reproducir íntegramente una clarificadora entrevista de Marieme Hélie-Lucas a la feminista socialista y luchadora laicista argelina Marieme-Hélie Lucas sobre el velo ‘islámico’, publicada en sinpermiso el 23 de enero de 2016 y proporcionada por Montse, una siempre atenta compañera del grupo de lectura.

Para abrir boca, dos citas de lo que la reconocida activista afirma en la entrevista:

… Los pretendidos progresistas han optado por defender a los fundamentalistas como víctimas del imperialismo estadounidense antes que a las víctimas de esos fundamentalistas, es decir, entre otras, a los millones de mujeres sin velo que han resistido a las imposiciones de sus victimarios, así como a los millones de laicos, agnósticos, ateos, etc., a quienes se ha abandonado a su suerte como a occidentalizados, o aun como aliados del imperialismo

… hay millones de mujeres en todo el mundo obligadas a llevar velo que arriesgan su libertad y su vida cuando transgreden la orden. Quedan abandonadas a su suerte en nombre de pretendidos derechos ‘religiosos’ y ‘culturales’…

Agradecemos a sinpermiso su generosa autorización para la reproducción completa de la entrevista, que también se puede descargar en pdf en dicha publicación.

De velos “islámicos” y extremas derechas. El significado profundo del laicismo republicano y el cobarde eurocentrismo de las neoizquierdas culturalmente relativistas. Entrevista

Marieme Hélie-Lucas. 23/01/2016

img_20160124_151820

Maryam Namazie entrevistó va para dos años a la feminista socialista y reconocida luchadora laicista argelina Marieme-Hélie Lucas, de quien publicamos la semana pasada una enjundiosa denuncia del silencio negacionista de ciertas izquierdas postlaicas europeas ante los ataques machistas fundamentalistas  registrados simultáneamente en la Nochevieja de 2015 en al menos 10 ciudades europeas –señaladamente en Colonia— de 5 países distintos. Aprovechando el amplio eco que tuvo ese texto, reproducimos  ahora una larga entrevista en profundidad  concedida por Marieme-Hélie (en otoño de 2013) a la periodista Maryam Namazie sobre el significado profundo del laicismo republicano, sobre la estupefaciente degeneración de ciertas izquierdas postlaicas europeas y sobre la incapacidad de las mismas para enfrentarse políticamente a la extrema derecha fundamentalista musulmana en auge, y así, también, trágicamente, a la extrema derecha xenófoba tradicional. Tal vez valga la pena recordar el contexto en que se realizó la entrevista con Marieme-Hélie: no mucho después de que el pos-trotskismo francés presentara electoralmente a una candidata vistosamente ataviada con “velo islámico”, o cuando sus homólogos catalanes, rizando aún más si cabe el rizo, se declaraban ardidos seguidores postlaicos de una mediática monja posmoderna y antivacunas. SP.

Maryam Namazie: Las limitaciones puestas al uso del velo en las escuelas y la prohibición general del burka y del nikab se ven a menudo como medidas autoritarias. ¿Qué piensa usted al respecto?

Marieme Helie Lucas: Resulta útil, por lo pronto, no mezclar las dos cosas: la de las niñas con velo en las escuelas y la de la prohibición de cubrirse el rostro. Las contestaré, así pues, como dos cuestiones separadas.

Cuando hablamos de velos en las escuelas, estamos hablando automáticamente de velos impuestos a niñas, no de velos de mujeres. La cuestión, entonces, es: ¿quién decide sobre esos velos, las mismas niñas o los adultos a cargo de ellas? ¿Y qué adultos? Yo sólo conozco un libro que trate este tema. Es un panfleto titulado ¡Abajo los velos! (escrito por Chahdortt Djavann y publicado por Gallimard, París, 2003). La autora es una mujer iraní exilada en París en la época en que la Comisión Stasi francesa estaba reuniendo testimonios de mujeres (y de varones) afectadas antes de adoptar la nueva ley sobre símbolos religiosos en las escuelas públicas laicas. La autora sostiene que el daño psicológico infligido a las niñas que van con velo es inmenso, al hacerlas responsables desde muy temprana edad de la excitación masculina. Este asunto requiere consideración especial, habida cuenta de la nueva tendencia a poner velo a niñas de hasta 5 años, según se ve en las numerosas campañas en cursos en toda Norteamérica. La autora explica que el cuerpo de la niña pasa a convertirse de esta guisa en objeto de fitnah (seducción o fuente de desorden), lo que significa que no puede mirarlo o pensar en él de manera positiva. Esa práctica construye así niñas que temen, desconfían y sienten disgusto y aun angustia en relación con sus propios cuerpos. A edad tan temprana, las niñas no tienen forma de resistir por sí mismas a ese troquelamiento; quedan totalmente a merced de hombres anti-mujeres. Las mujeres  que han crecido con este daño psicológico necesitarán probablemente mucha ayuda hasta ser capaces de reconsiderarse a sí mismas y a sus cuerpos de manera más positiva, de reconstruir la imagen de sí propias, de conquistar su autonomía corporal, de abandonar los sentimientos de culpa y de miedo y devolver a los varones la responsabilidad de los actos sexuales por ellos cometidos. Yo creo que sería muy útil que las mujeres que investigan estas cosas se interesaran por el daño psicológico infligido a las niñas a las que se obliga a ir con velo desde edad muy temprana.

Bien; ahora está la cuestión de quién es el “adulto” a cargo de la protección de los derechos de las niñas. El Estado juega ya este papel en numerosas ocasiones: cuando, por ejemplo, impide que las familias procedan a la ablación de clítoris de las niñas, o cuando prohíbe los matrimonios forzados. ¿Por qué no debería asumir también su responsabilidad y prevenir ese daño psicológico profundo causado por llevar velo antes de llegar a la edad adulta? ¿Por qué debería verse como una intromisión autoritaria del Estado la prohibición del uso del velo en la infancia, y no la prohibición de la ablación de clítoris?

Es interesante recordar que grupos de izquierdistas y (¡ay!) feministas llegaron a defender en Europa y Norteamérica “el derecho a la ablación de clítoris” en los 70 como un “derecho cultural”, denunciando los intentos del “imperialismo occidental” de erradicar esa práctica en Europa. Jamás se molestaron en hacer la menor mención a las luchas de las mujeres directamente comprometidas con su erradicación en aquellas (muy limitadas) partes de África en que la practicaban, a la par, animistas, cristianos y musulmanes.

Ahora vemos el mismo patrón aplicado al “derecho al velo”, a pesar de que muchos intérpretes progresistas de El Corán han dejado dicho por activa y por pasiva que ni siquiera se trata de un mandamiento islámico.

Lo que a mí me deja estupefacta es el desbalance en el tratamiento del “autoritarismo” por parte de grupos izquierdistas y de la comunidad de derechos humanos en Europa y Norteamérica. Millones de mujeres en enclaves predominantemente musulmanes han sido asesinadas por defender su derecho a NO llevar velo. Precisamente estos días una valiente mujer sudanesa ha comparecido ante un tribunal de justicia con esta declaración: “Soy sudanesa. Soy musulmana. Y no estoy dispuesta a cubrirme la cabeza”. Arriesga prisión y latigazos. Hasta ahora, no se asesina a las mujeres en Europa ni en Norteamérica por llevar velo, aunque es verdad que de vez en cuando son atacadas verbalmente por individuos racistas de extrema derecha, los cuales, a su vez –merece destacarse el hecho—, son normalmente puestos a disposición de la justicia y condenados, como debe ser.

A mí me gustaría que la vociferante defensa de la “elección” de las mujeres con velo y del “derecho al velo” por parte de “gentes progresistas” anduviera a la par con su defensa de las mujeres masacradas por no llevar velo. Pero lo que, en cambio, vemos esconderse tras la defensa unilateral de los derechos humanos de las mujeres con velo por parte de la izquierda postlaica y de la comunidad de derechos humanos  en Europa y en Norteamérica es, de hecho, una posición claramente política. Los pretendidos “progresistas” han optado por defender a los fundamentalistas como víctimas del imperialismo estadounidense antes que a las víctimas de esos fundamentalistas, es decir, entre otras, a los millones de mujeres sin velo que han resistido a las imposiciones de sus victimarios, así como a los millones de laicos, agnósticos, ateos, etc., a quienes se ha abandonado a su suerte como a “occidentalizados”, o aun como “aliados del imperialismo”! La historia juzgará esa miope opción política de modo no menos inmisericorde a como ha juzgado la cobardía de los países europeos en el arranque del nazismo en Alemania.

En lo que hace a su pregunta, yo sólo puedo hablar desde mi perspectiva de mujer argelina que vivió en Francia en la época del debate sobre las dos leyes francesas a las que se ha reprochado en todo el mundo un supuesto sesgo anti-islámico: la ley sobre velos en las escuelas y la ley que prohibía cubrirse en rostro. Se trata, como he dicho antes, de dos asuntos distintos, y en Francia se trataron distinta y separadamente.

La prohibición de los símbolos religiosos en las escuelas públicas laicas se hace en nombre del laicismo, mientras que la prohibición de cubrirse el rostro se hace en nombre de la seguridad. Se ha añadido el burka a otras formas de ocultación del rostro, como las máscaras (fuera de carnavales) o los cascos integrales de motos (cuando no se conduce), puesto que todos esos adminículos suelen usarse para proteger la identidad de alborotadores o “terroristas”. (Como argelina lo suficientemente vieja para haber vivido la Batalla de Argel durante la lucha de liberación contra el colonialismo francés, se de cierto que los velos se usaban –tanto hombres como mujeres— para llevar armas y bombas de un sitio para otro; de modo que no me sorprende que los velos que cubren completamente el rostro se añadan a la lista de indumentarias prohibidas.)

En lo tocante a los velos en las escuelas, la situación en Francia es completamente distinta a la de Gran Bretaña. Francia es un país laico desde que la Revolución Francesa sustrajo el nuevo Estado laico a la influencia política de la Iglesia. Las leyes laicas que instituyeron esa separación datan de 1905 y 1906, mucho antes de la oleada migratoria procedente de países mayoritariamente musulmanes. El artículo 1 de la Ley de 1906 garantiza la libertad de fe y de culto. El artículo 2 de la misma ley declara que, más allá de esa garantía de derechos individuales fundamentales, el Estado laico no tendrá nada que ver con la religión ni con sus representantes. El Estado laico no reconocerá a las iglesias, ni las financiará, etc. En palabras de un analista contemporáneo del laicismo, Henri Peña Ruiz, el Estado se declara a sí mismo “incompetente en materia religiosa”. Las creencias se convierten en un asunto privado, y las religiones establecidas (en la época, sobre todo, la Iglesia Católica) pierden todo poder sobre el Estado. El Estado laico simplemente las ignorará como entidades políticas. Los ciudadanos son los únicos socios reconocidos por el Estado a través de los procesos de las elecciones democráticas.

Una consecuencia de esta definición del laicismo como separación de Estado y religión es que, desde 1906, la exhibición de “cualquier símbolo” de afiliación religiosa o política queda prohibida exclusivamente en dos situaciones específicas: para profesores y alumnos de las escuelas públicas primarias y secundarias del Estado laico (es decir, para niños y adolescentes, lo que no incluye a las universidades, en donde los estudiantes son adultos y pueden llevar un velo), así como para funcionarios en contacto con el público.

La justificación de eso es que los niños van a las escuelas de la República Laica (en la que la educación es totalmente gratuita) para ser educados como ciudadanos franceses libres e iguales, y no como representantes de alguna comunidad específica. La educación como ciudadanos iguales es un poderoso instrumento contra el comunitarismo y las específicas particularidades divisorias que conducen a derechos legales desiguales en un país dado, como ocurre en Gran Bretaña, por ejemplo, con los llamados “tribunales de sharía”, verdaderos sistemas legales paralelos en asuntos de familia.

Análogamente, los funcionarios que están en contacto con el público tienen que desarrollar sus obligaciones en tanto que representantes de todos los ciudadanos, cualquiera que sea su ascendencia étnica o religiosa, razón por la cual se les exige no exhibir símbolo alguno de afiliación en el horario en que ejercen como representantes de la República Laica.

Algo totalmente distinto de lo que ocurre, pongamos por caso, en las comisarías de policía británicas, en donde uno puede exigir ser atendido por un policía de su propio culto o de su propio grupo étnico, como si no pudiera formarse a funcionarios libres de sesgos y éstos se debieran ineluctable y necesariamente a su “comunidad”, antes que a sus conciudadanos.

Así pues, en resolución, es en nombre del laicismo que el velo fue puesto fuera de la ley en las escuelas públicas laicas y entre funcionarios públicos en Francia desde hace más de un siglo, al igual que las cruces y las kipás. Resulta interesante observar el énfasis que los medios de comunicación ponen en el velo, y no en las cruces o en las kipás. ¿Por qué? ¿Y quién se halla detrás de esa jerarquía? Lo que enmarañó este asunto fue que el derechista presidente Sarkozy hizo aprobar la nueva ley en 2004 buscando congraciar con su candidatura a la extrema derecha xenófoba. No había la menor necesidad de esta nueva ley; bastaba con aplicar la de 1906.

Las fuerzas de derecha y de extrema derecha en Francia jamás han dejado de atacar en el último siglo las leyes laicas de 1905-1906. Ahora han encontrado socios activos y poderosos en la extrema derecha fundamentalista musulmana, que también desea desmantelar el laicismo y regresar a la época en que las religiones tenían poder político y representación oficial. La cosa es clara: aunque luego llegarán a competir entre sí las distintas religiones, resultan ahora aliadas útiles en el propósito de erradicar el laicismo en Francia. ¡Basta observar cómo apoyan la Iglesia Católica y las autoridades religiosas judías prácticamente todas las exigencias de los fundamentalistas musulmanes!

El asunto del velo en las escuelas primarias y secundarias francesas no es sino una de las muchas exigencias que sin desmayo plantean para desafiar en lo fundamental las leyes de la República Laica. ¿No es irónico que leyes aprobadas hace un siglo, en un tiempo en el que prácticamente no se registraba inmigración procedente de los países mayoritariamente musulmanes, pasen ahora en el mundo entero por leyes hostiles al Islam? Un buen indicio de la pericia de los fundamentalistas musulmanes como comunicadores mediáticos.

Volviendo al asunto del velo y el burka en el Reino Unido, déjeme decirle que Gran Bretaña NO es un Estado laico. La Reina es la cabeza de la Iglesia Anglicana, así que la prohibición del burka o del nikab o, incluso, del pañuelo en la cabeza no puede buscarse en leyes laicas centenarias, ni considerarse indicio de su compromiso con una educación no confesional igualitaria y de calidad para todos los niños, como en el caso de Francia.

Gran Bretaña ha ofrecido una definición alternativa al laicismo: no separación, sino igual tolerancia del Estado ante todas las religiones. Así, el Estado británico interactúa con las religiones y considera a las “iglesias” (o a su equivalente en otras religiones) como interlocutores políticos y representantes de comunidades. Es eso lo que conduce al comunitarismo y al relativismo cultural.

¿No es hora ya de que Gran Bretaña vuelva a la definición original del laicismo y a una forma de democracia en la que la ciudadanía se halle en el centro de la vida política? Porque a lo que estamos asistiendo es a la fragmentación del pueblo, de la conciudadanía, en entidades competitivas cada vez más pequeñas, exigiendo cada una de ellas la aplicación para sí y para su comunidad de diferentes normas en nombre de identidades culturales y religiosas. Leyes que fueron votadas por todos los ciudadanos son desafiadas en beneficio de leyes de origen supuestamente divino: un ataque al principio mismo de democracia. Asistimos a la erradicación de la noción de ciudadanía, lo que ha de traer drásticas consecuencias políticas en un futuro no tan lejano. ¡Y todo en nombre de los derechos!

Maryam Namazie: ¿Qué pasa con el derecho de una mujer a elegir su forma de vestir? Algunos dirían que obligar a las mujeres a quitarse el velo viene a ser lo mismo que obligarlas a llevarlo.

Marieme Helie Lucas: Me gustaría empezar apuntando al hecho de que el debate está formulado en términos “occidentales”. Hasta donde yo sé, no se obliga a las mujeres en el contexto musulmán a NO llevar velo, y estamos hablando de la inmensa mayoría de las musulmanas en el mundo. En cambio, en la inmensa mayoría de los casos se ven obligadas a cubrirse de un modo u otro, a menudo por ley: y todavía no se ha oído una protesta a escala mundial contra esa situación.

En vivo contraste con eso, oímos cada día un montón de voces sobre esas pobres mujeres “obligadas a quitarse el velo” en contextos no-musulmanes –señaladamente en Europa y en Norteamérica—, pero yo todavía no he visto ningún sitio en dónde eso ocurra. Que yo sepa, en ningún sitio. Ya me refería antes a  limitaciones puestas al uso del velo en Francia, bajo particulares condiciones: se pide a las niñas que acudan sin velo a las escuelas primarias y secundarias públicas del estado laico; y se pide a las mujeres con burka que muestren su rostro para propósitos de identificación, pudiendo llevar el resto de su cuerpo, su pelo y su cabeza, cubiertos a su buen placer.

Por lo demás, hasta donde yo sé, cuando mujeres con velo son atacadas verbal o físicamente, hay tribunales para defenderlas contra cualquier forma de agresión.

En lo que hace a hechos reales, el debate se reduce al derecho al velo en Europa y en Norteamérica, sin ningúna consideración por la resistencia al velo por doquiera en el mundo entero, ni por las duras circunstancias que rodean a esa resistencia. Esa reducción me resulta manifiestamente inaceptable.

Por un lado, hay millones de mujeres en todo el mundo obligadas a llevar velo que arriesgan su libertad y su vida cuando transgreden la orden. Quedan abandonadas a su suerte en nombre de pretendidos derechos “religiosos” y “culturales”, sin que que medie el menor análisis de las fuerzas políticas de extrema derecha que manipulan y secuestran cultura y religión en beneficio político propio bajo el pretexto “políticamente correcto” de que el imperialismo estadounidense abusó de la defensa de los derechos humanos de las mujeres para camuflar sus razones económicas e invadir Afganistán y de que los “blancos” son racistas.

Por otro lado, hay mujeres de la diáspora en Europa y en Norteamérica, cuyo “derecho al velo” es defendido por una coalición políticamente correcta de la izquierda y las organizaciones de derechos humanos, una coalición que muestra escaso interés por el sinnúmero de casos de muchachas que tratan de escapar a la obligación de llevar velo. ¿No hay una perturbadora asimetría en esa elección política manifiestamente discriminatoria de los derechos que merecen defensa y los que no? ¿No podrían estos campeones de nuestros derechos aclararnos públicamente las razones que justifican su jerarquía de derechos?

La cosa está clara: la cuestión aquí se reduce exclusivamente a defender el “derecho a elegir” de las mujeres que desean llevar velo en Europa y en Norteamérica, no el derecho a elegir de las mujeres que viven en África y en Asia. Y esta es una forma muy limitada y parcial de enfrentarse al problema, por decirlo suavemente. Porque implica hacer desaparecer a la inmensa mayoría de las mujeres afectadas.

Sobre “elección” en general mucho han escrito ya feministas interesadas en el problema del grado de libertad que puede esperarse en situaciones en las que las mujeres carecen de toda voz, legal, cultural, religiosa o de otros tipos. Hace poco, un potente artículo académico escrito por  Anissa Helie y Mary Ashe (“Multiculturalist Liberalism and Harms to Women: Looking Through the Issue of the Veil” [Izquierda multiculturalista y daños infligidos a las mujeres: una visión a través del asunto del velo”], publicado en la revista de la Universidad de California en Davis Journal of International Law and Policy, Vol. 19.1, 2012) concluía que :

“Quienes defienden el velo a menudo insisten en un `derecho individual de la mujer a elegir´ (el velo)… Potenciadas por los teóricos del Islam radical (que usurpan el mantra de los partidarios del derecho de las mujeres al aborto), esas consignas pueden confundir a una izquierda occidental que, temerosa de ser considerada racista, cae en la trampa del relativismo cultural.”

Pero me gustaría retroceder todavía más, hasta el viejo debate auspiciado por Marx sobre la “libertad de trabajar” de los obreros en la época de la industrialización en Gran Bretaña, es decir, en unos tiempos en los que, si no querían morirse literalmente de hambre, la única “opción libre” que les quedaba era la de trabajar 14 horas al día en ambientes a tal punto infernales, que muchos terminaban muriendo, incluidos mujeres y niños menores de 10 años. Las mujeres en muchos países en los que impera el fundamentalismo musulmán y la aterrorización de la población tienen la misma “opción” que tenían los obreros en una Gran Bretaña en vías de industrialización: morirse literalmente de hambre o sobrevivir un poco más como esclavos / morir por resistirse a los fundamentalistas o sobrevivir como esclavas. ¡Grandes “opciones”! ¿Es esa la única alternativa a las mujeres que pueden ofrecer los relativistas culturales?

El número de mujeres asesinadas por los propios familiares y por grupos fundamentalistas armados, o encarceladas, o flageladas públicamente por los Estados fundamentalistas en nuestros distintos países en todos los continentes por la simple razón de no querer allanarse a la imposición del velo, debería, al final, contar más a los ojos de los defensores de los derechos humanos que las “quejas de las mujeres con velo” que de vez en cuando tienen que aguantar comentarios racistas en “Occidente”.

¿Cómo puede alguien atreverse siquiera a comparar, por ejemplo, las 200.000 víctimas de la “década oscura” (los años 90 del siglo pasado) en Argelia, la inmensa mayoría de las cuales fueron mujeres asesinadas por grupos armados fundamentalistas, con un puñado de mujeres con velo verbalmente molestadas en París o en Londres? Sí, ¿¡cómo se puede!?

Esa desigualdad de trato aceptada sólo muestra que para las organizaciones de derechos humanos y para las izquierdas europeas y norteamericanas, Occidente sigue siendo el centro del mundo y lo que allí ocurra, por menor y marginal que sea, tiene primacía sobre cualquier acúmulo de crímenes cometidos en otra parte.

Me gustaría señalar un interesante punto ciego detectable en el análisis corriente entre las izquierdas y las organizaciones de derechos humanos, un punto ciego que permite o facilita esa operación de reducción del asunto a un problema de “elección individual”. Fíjese bien: el número de mujeres con velo en las calles de las capitales europeas ha crecido sólo en las últimas dos décadas de una manera constante y apreciable. Ese crecimiento no es proporcional a un significativo incremento de las poblaciones migrantes. Esas mujeres no visten ropas o trajes nacionales (incluyan o no cubrirse la cabeza), sino el velo saudita, que jamás había existido en ningún otro país. Hay un número creciente de mujeres que adoptan la forma más radical: no sólo cubrirse el pelo, sino todo el rostro.

En vista de lo cual, ¿cómo puede verse este tipo de velo como un asunto cultural cuando, de hecho, lo que hace es erradicar todas las formas tradicionales de cubrirse la cabeza y todas las ropas y vestidos nacionales y regionales? ¿Cómo puede verse esa forma de velo como un asunto religioso, cuando todos los teólogos y académicos progresistas del Islam en todos los continentes han demostrado que el velo de las mujeres no es una prescripción religiosa, sino una práctica cultural circunscrita al Oriente Próximo y valedera también para los varones por su buena adaptación al clima y, por lo mismo, común a todos los grupos religiosos, como prueba abundantemente la iconografía cristiana que representa a la Virgen María y a todas las mujeres de la historia sagrada que compartieron la vida de Cristo, así como a todas las mujeres judías de su época, con velo?

¿Por qué no se levantan en defensa de todas las culturas ahora amenazadas por la difusión a escala mundial de esta nueva cepa de código indumentario? ¿Es que no pueden ver el vínculo entre la propagación del velo saudita y la financiación saudita del grueso de las mezquitas y organizaciones religiosas que han venido proliferando en las principales ciudades de Europa? ¿Cómo es posible que no vean en esa forma de velo una bandera del fundamentalismo político? ¿Cómo no asocian su propagación a otras actividades políticas del imperialismo de Arabia Saudita (y de Quatar)? ¿Cómo es posible tamaña incapacidad para proceder a un análisis político de esta súbita explosión del número de mujeres con velo en la diáspora? ¿Cómo pueden reducir eso a una “opción individual elegida” por mujeres individuales, a la vista de un fenómeno tan repentino e inopinado como masivo?

Si, pongamos por caso, se diera una súbita propagación de hábitos y tocas de monja simultáneamente en Italia, Francia, España, Filipinas y América Latina, y si las mujeres católicas en números apreciables afirmaran agresivamente su derecho a vestirse como “verdaderas católicas” (una invención moderna que sería cuestionada por respetados teólogos cristianos, lo mismo que el velo es cuestionado por muchos teólogos musulmanes progresistas y académicos del Islam, a los que, dicho sea de paso, jamás citan ni la izquierda postlaica ni los defensores occidentales de los derechos humanos para defender a las mujeres sin velo frente a los movimientos políticos de extrema derecha que andan por detrás de este revival supuestamente religioso); si eso sucediera, digo, ¿no señalaría al punto la izquierda a los movimientos políticos de extrema derecha agazapados detrás de ese revival supuestamente religioso? ¿No lo analizaría esa izquierda en términos políticos, no religiosos, y no lo denunciaría?

Si hubiera rumores o ejemplos de mujeres católicas “impropiamente” vestidas forzadas a llevar tocas de monja, o azotadas o recluidas a la fuerza o asesinadas, ¿no empezarían las organizaciones de derechos humanos a preocuparse por ese asunto? ¿No defenderían a las víctimas? ¿No denunciarían todo eso como violaciones flagrantes de los derechos humanos? ¿O seguirían acaso todas estas fuerzas supuestamente progresistas haciendo la vista gorda a esas violaciones de los derechos humanos y prestando oídos sordos a los gritos de socorro de las víctimas? ¿Se centrarían en el “derecho al velo” de las mujeres católicas?

Para mí está meridianamente claro que, al respaldar las exigencias de los fundamentalistas sobre las mujeres, sin molestarse siquiera en contrastar sus mentiras más manifiestas, la izquierda postlaica y las organizaciones occidentales de derechos humanos no hacen sino revelar el pánico que sienten a ser tachados de “islamófobos”. Sin querer, entonces –¡eso espero!—, refuerzan las visiones fundamentalistas que exigen ser las únicas verdaderamente representativas del Islam, siendo todos sus oponente el anti-Islam. Esto es lo que anda por detrás de la “elección”: aleja el debate de cualquier análisis político que pudiera apuntar a la naturaleza  derechista y ultraderechista de la manipulación fundamentalista del asunto del velo. Las concepciones derechistas y ultraderechistas de la supremacía de lo individual arraigan en el liberalismo económico…

Maryam Namazie: Aunque nosotros podríamos considerar el laicismo como una condición previa a los derechos de las mujeres, los islamistas consideran la ley de la sharía como una condición previa a los derechos de las mujeres, tal como ellos los entienden. ¿Y quién puede decir quién lleva razón? Ellos dicen que el laicismo es un concepto occidental y una forma de colonialismo cultural…

Marieme Helie Lucas: Yo me niego a servirme del término “ley de la sharía”. Presupone que hay escrito en algún lugar un cuerpo legislativo usado por todos los musulmanes. Basta una simple ojeada a las leyes de los países de mayoría musulmana para percatarse de que no hay tal cosa. La enorme variedad de leyes en contextos predominantemente musulmanes muestra que las leyes tienen diferentes fuentes: desde ofrecer legitimidad a prácticas culturales locales (como la de la ablación del clítoris, que pasa por islámica en algunas regiones de Africa) hasta distintas interpretaciones  religiosas (por ejemplo, Argelia legalizó la poligamia, mientras que Túnez la prohibió sirviéndose exactamente del mismo verso del Corán, pero con otra lectura), pasando por leyes de los antiguos colonizadores (como la prohibición de la contracepción y el aborto en Argelia, que se sirvió de la ley natalista francesa de 1920), etc. Sería, así pues, un fenomenal error pensar que todas las leyes de los países mayoritariamente musulmanes traen necesariamente su origen en la religión.

Los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad en la propagación de los puntos de vista fundamentalistas al servirse de términos exóticos. Sharía es un término acuñado por los fundamentalistas a fin de hacer creer que existe un cuerpo así de leyes, mientras que hasta los musulmanes conservadores –atentos a toda posible divergencia— hablaban hasta hace poco sólo de “jurisprudencia”. Servirse del término sirve precisamente para dar a entender a cada vez más gente que ese cuerpo existe realmente. Y eso ocurrió exactamente en el mismo momento en que los medios de comunicación comenzaron a usar también otros términos acuñados por los fundamentalistas, como la yihad (que originariamente significa la lucha espiritual con uno mismo para acercarse a Dios, y no una “guerra” librada con armas, como interpretan los fundamentalistas), o como el “velo islámico” (cuando lo que hacen es propagar el velo saudita), o como la “islamofobia”. ¡No uses el lenguaje del enemigo! Concedes crédito a sus mentiras…

Como ya he dicho antes, hay una miríada de lugares en el mundo en donde el velo es obligatorio, mientras que en ningún lugar que yo conozca se fuerza a nadie a quitarse el velo; ni siquiera en las escuelas francesas de primaria y secundaria, porque las familias ultraortodoxas tienen siempre la opción de inscribir a sus hijas en escuelas de su elección. La única obligación de las familias es enviar a sus hijas a la escuela, pero la elección de la escuela no entra en el mandato del Estado laico. Y en parte alguna se ven las mujeres forzadas a no llevar velo en el espacio público francés; sólo se les exige no cubrirse totalmente el rostro.

Así pues, el laicismo ni pone ni quita velos a las mujeres. Pero resulta indudable que la interpretación fundamentalista de unas órdenes pretendidamente emanadas de Dios busca forzar a las mujeres a llevar velo. El laicismo no es una opinión, ni una creencia; es única y exclusivamente una definición y una regulación del Estado frente a la religión. O el Estado interfiere en la religión, o no interfiere. El laicismo, cuando menos en su definición original, instituye formalmente la no interferencia del Estado en la religión. Y no deberíamos aceptar otra definición del laicismo.

En lo que hace a la acusación del laicismo como “concepto occidental”, ¿acaso no hemos oído cosas semejantes sobre el feminismo durante décadas? Pero si echamos un vistazo a la historia, particularmente a la historia de las mujeres en contextos musulmanes, nos encontramos con muchas mujeres que, durante siglos, lucharon por lo que ahora se consideran ideas feministas, por los derechos de las mujeres. Mujeres que se dedicaron a la literatura, a la poesía, a la educación de las mujeres, a la política, a los derechos legalmente exigibles de las mujeres: como ocurre ahora mismo. Y nos encontramos también con mujeres y hombres ilustrados, tanto creyentes como ateos, que las apoyaron. Exactamente como ocurre ahora también. Quienes estén interesados en explorar esas historias del pasado, deberían leer  el libro de Fareeda Shaheed Grandes ancestros (publicado por la organización Women Living Under Muslim Laws).

Análogamente, encontramos a muchos combatientes por el laicismo en contextos musulmanes en los pasados siglos. Lo mismo que hoy. Ateos, agnósticos y creyentes que pensaban y siguen pensando que las religiones se benefician de la no interferencia del poder en las creencias personales o en la espiritualidad de las gentes; y que la política se beneficia asimismo de la no interferencia de la religión. Actualmente, el Gran Mufti de Marsella, Soheib Bencheikh, es un resuelto partidario del laicismo en Francia, como muchos Imams progresistas que aparecen cada domingo en programas televisivos en el Channel 2 [público] francés para mostrar su apoyo al laicismo de la República francesa, que garantiza libertad de fe y de culto.

De modo, pues, que la cuestión real para mí es más bien ésta: ¿por qué no oímos hablar más  de estos partidarios musulmanes del laicismo y por qué los medios de comunicación no conceden menos espacio público a la expresión del odio fundamentalista al laicismo? Es una nueva distorsión del fundamentalismo el presentar los hechos a la luz de una ley laica pretendidamente hostil a la ley divina…

Encuestas recientes muestran que cerca del 25% de la población francesa se declara atea, y ese porcentaje es el mismo entre supuestos cristianos y supuestos musulmanes. Pero el porcentaje de quienes se declaran partidarios del laicismo crece hasta un 75%, y también es idéntico entre presuntos musulmanes y presuntos cristianos.

Hay movimientos laicistas muy robustos en todos los países llamados musulmanes, en Pakistán no menos que en Argelia o Mali. Los ciudadanos se comprometen públicamente con el laicismo arriesgando sus vidas en lugares en los que los fundamentalistas se encuadran en grupos armados que atacan a sus oponentes. ¿Por qué las fotografías de sus actos públicos y de sus manifestaciones laicistas no se ven nunca fuera de sus medios de comunicación nacionales?

Maryam Namazie: Algunos dirán que esto suscita la cuestión de hasta qué punto estamos dispuestos a permitir que el Estado intervenga en asuntos privados como, por ejemplo, el modo de vestirnos. ¿Qué diría usted a eso?

Marieme Helie Lucas: Si coincidimos en que este súbito auge a escala mundial de determinado tipo de velos que se hacen pasar por EL velo “islámico” no es de naturaleza cultural ni religiosa, sino una bandera política de que se sirven los fundamentalistas para aumentar su visibilidad política a expensas de las mujeres; si coincidimos en eso, entonces tenemos que admitir que llevar ese tipo de velo –ahora— en Europa y en Norteamérica tiene un objetivo político. Sépanlo o no, las mujeres que lo llevan son portadoras del estandarte de un partido político de extrema derecha.

Así pues, difícilmente podría yo aceptar la fórmula de “una mujer que elige cómo vestirse”. Ese velo no puede, definitivamente no puede, equipararse con la opción de llevar tacones o zapato plano, minifalda o falda larga. No es una moda; es un marcador político. Si uno decide que va a ponerse un broche con una esvástica, no puede ignorar su significado político; no puede pretender que se desentiende del hecho de que fue la “bandera” de la Alemania nazi. No puede alegar que sólo le gusta su forma. Es una afirmación política.

Las mujeres de ascendencia migratoria procedente de Asia y de África que se cubren el rostro o llevan un burka hoy, ya sea en Europa, en Norteamérica o en sus propios países de origen, llevan un tipo de velo que jamás habían visto antes, salvo si crecieron en una específica y limitadísima parte del Oriente Próximo. No pueden pretender que vuelven a sus raíces y visten la misma indumentaria que sus antepasadas de siglos atrás; ni pueden pretender que la llevan por razones religiosas. Las musulmanes fueron musulmanas durante siglos sin necesidad de semejante indumentaria: en el Sur de Asia vestían saris, en África occidental boubous… Hoy, las mujeres pertrechadas con burkas llevan una indumentaria que ni se había visto ni se había jamás hablado de ella hasta hace unas pocas décadas, cuando grupos políticos fundamentalistas inventaron el burka como su bandera política.

De manera que si el Estado se propusiera regular el burka o el nikab, no estaría regulando “el modo en que vestimos, ni estaría interfiriendo en un gusto personal o en una moda, sino en la exhibición pública de un signo político de un movimiento de extrema derecha.

Hacer eso podría perfectamente caber en el papel del Estado laico. Puede debatirse al respecto. Pero lo que no es debatirle es que las mujeres que llevan burka hoy están bajo las garras de un movimiento transnacional de extrema derecha. Y resulta irrelevante que las mujeres con burka sean conscientes del significado político actual de su velo o, al contrario, estén alienadas por el discurso político-religioso fundamentalista.

Maryam Namazie: En la práctica, ¿cómo podría procederse a restricciones (atendiendo también al caso francés) sin inflamar más el racismo y el fanatismo contra musulmanes e inmigrantes y cuál es la conexión entre ambos? Le pregunto esto, porque algunos dirán que criticar el velo y el nikab es racista.

Marieme Helie Lucas: En tal caso, ¿la resistencia al nikab/burka/pañuelo y cualquier forma de velo en nuestros países habría que calificarla también como “racismo”? Las mujeres que eligieron morir antes que llevar velo en la Argelia de los 90 actuaron racistamente contra su propio pueblo? ¿Hay que considerarlas hostiles a su propia fe, a pesar de ser muchas de ellas creyentes en el Islam?

¿No podemos dejar de pensar que “Occidente” es el centro del mundo? ¿Qué pasa con las mujeres sudanesas que ahora mismo en Jhartum se arriesgan a ser azotadas y encarceladas por rechazar el velo? ¿Qué pasa con el sinnúmero de mujeres iraníes que llevan décadas encarceladas por no vestir “islámicamente”?

El racismo, la xenofobia, la marginalización y los ataques a los inmigrantes (o a gentes de ascendencia migratoria) siempre han estado aquí. A comienzos del siglo XX hubo en el sur de Francia pogroms contra inmigrantes italianos (dicho sea de paso: católicos y blancos) que “venían a robar el pan de los trabajadores franceses”. ¿Suena familiar, no? Hubo muchos muertos y heridos. ¿Por qué no se habla aquí de “católicofobia” o de “cristianofobia”, si a  demostraciones de xenofobia harto menos dramáticas se las llama ahora “islamofobia” cuando apuntan a objetivos presuntamente “musulmanes”? Ahora bien; si nos fijamos en ciudadanos franceses de nuestros días cuyos apellidos son de origen italiano, lo que se ve es que están plenamente integrados y nadie discute su pertenencia a la nación francesa. Lo mismo ocurre con españoles, portugueses, griegos o polacos y rusos que vinieron a instalarse a Francia en el pasado reciente, llegaron a ser ciudadanos franceses y se han “mezclado” ahora con la población general (el expresidente  francés Sarkozy constituye un excelente ejemplo reciente de integración exitosa).

Francia cuenta hoy con un 25% de ciudadanos de origen extranjero. Hay un número creciente de gente bien conocida con apellidos árabes (y por lo mismo, erróneamente considerados  musulmanes). Se trata de profesores, abogados, expertos en computación, empresarios… Esto es un indicador de su incorporación a la nación, lo mismo que italianos, españoles, etc. hace menos de un siglo.

Una hermosa pieza titulada Barbes-Cafe se representó el año pasado en distintas ciudades francesas. Era toda ella obra de gentes de ascendencia argelina, muchos de los cuales habían huido de amenazas de muerte fundamentalistas y de ataques directos en los 90. Esa pieza es un himno a la emigración: sirviéndose de canciones en árabe de todo el siglo XX, de comienzo a fin, traza la historia de la emigración desde el Norte de África, de las cuitas y las nostalgias de los emigrantes, así como de sus condiciones de trabajo. Pero también celebra las leyes que permitieron a las familias reunirse con los trabajadores, la educación libre y laica recibida por sus hijos, la solidaridad entre trabajadores nativos e inmigrantes en los sindicatos y partidos de izquierda, etc. Termina con imágenes de aquellos inmigrantes de ascendencia norteafricana que “lo lograron” y abrieron la puerta para las generaciones venideras. Es un manifiesto de esperanza que, sin embargo, no trata de esconder la dureza de las condiciones a que tuvieron que  enfrentarse muchos trabajadores para que sus hijos y nietos llegaran a ser parte de Francia.

El 27 de octubre fue el aniversario de la Marcha por la Igualdad y Contra el Racismo que cuatro chicas y chicos, ciudadanos franceses de origen norteafricano, iniciaron en 1983. Salieron de Marsella y caminaron durante dos meses por Francia, visitando ciudades y aldeas, hablando con sus conciudadanos rurales y urbanos, denunciando los crímenes y las discriminaciones racistas y abogando por la igualdad de todos los ciudadanos. También denunciaron el rótulo de “musulmán” que se les imponía por razones de origen geográfico. Por el camino, otros ciudadanos de todos los orígenes se les fueron uniendo y comenzaron a marchar con ellos gentes que se habían reunido inicialmente para darles la bienvenida y apoyar sus objetivos.

No está escrito en ningún lugar que las gentes oprimidas o víctimas de la discriminación tengan que terminar en movimientos de extrema derecha. En esas circunstancias, las gentes pueden elegir entre hacerse revolucionarios o convertirse en fascistas. La respuesta fundamentalista al racismo es una respuesta fascista. No deberíamos bajo ningún pretexto regalarles legitimidad ninguna. Lo que debemos hacer es apoyar a los movimientos populares en favor de la igualdad y la plena ciudadanía.

Los  fundamentalistas están arteramente interesados en asegurarse los beneficios de los incidentes racistas; lo mismo que los movimientos de extrema derecha tradicional (xenófoba), necesitan radicalizar a su tropa y reclutar a más gente para su causa. Ambas fuerzas aparentemente antagónicas de extrema derecha comparten el mismo objetivo: les gustan los baños de sangre. De aquí que estén preparadas para provocar incidentes racistas. En los últimos años, los habitantes fundamentalistas de un vecindario parisino empezaron a rezar por las calles y a bloquear el tránsito durante horas los viernes. El pretexto era que su mezquita local no era suficientemente grande. Pero desde luego lo era la Gran Mezquita de París que, a unas pocas estaciones de metro de donde se hallaban, estaba y sigue estando permanentemente casi vacía.

La policía vigilaba sin intervenir, y la cosa duró más de siete años. La única respuesta vino, ni que decir tiene, de un grupo de extrema derecha que invitó públicamente a compartir un aperitivo de “vino y cerdo” en esas mismas calles los domingos.

La acobardada izquierda debería haber tomado este asunto en las propias manos exigiendo el desalojo del espacio público tanto los viernes como los domingos, si no había autorización policial para ocuparlo como es legalmente preceptivo. La acobardada izquierda está preparada para ignorar las provocaciones de los musulmanes fundamentalistas, porque no desea verse tildada de “islamofóbica”. Uno siente que, en cierto modo, esa izquierda no es capaz de distinguir entre los creyentes en el Islam y el movimiento de extrema derecha supuestamente religioso que finge representar a todos los musulmanes.

Fue esperando evitar una confrontación con Franco que los gobiernos europeos, incluyendo el gobierno socialista francés, se negaron a ayudar y a proteger al gobierno legítimo de la República española. Fue con la esperanza de evitar una confrontación con el muy cortés señor Hitler que los gobiernos europeos fueron a Múnich y permitieron la invasión de Polonia por las tropas nazis.

La historia enseña que la cobardía en política no lleva a parte ninguna y que todos, a su debido tiempo, terminan pagando el precio de la infidelidad a los principios y a los derechos.

Marieme Hélie-Lucas

es una reconocida activista feminista argelina. Socióloga de prestigio internacional, ha sido la fundadora de la Red de Mujeres bajo la Ley Musulmana, así como coordinadora internacional de Secularism Is A Women’s Issue (El laicismo es cosa de mujeres).

Fuente: http://freethoughtblogs.com, 27 octubre 2013

Traducción: María Julia Bertomeu y Mínima Estrella

 

 

Sueños en el umbral: memorias de una niña del harén, de Fátima Mernissi

Sesión 66 (15 de noviembre de 2016)

fatima-menissiFátima Mernissi ( 1940-2015)

Sueños en el umbral: memorias de una niña del harén/ Fatema Mernissi. — 9 ª ed.– Barcelona : El Aleph, 2004.– 293 p.

“Memoria novelada de la propia infancia de la autora -Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2003- en uno de los últimos harenes de Marruecos. En la obra se refleja la vida cotidiana del harén, la visión del mundo exterior desde éste, las relaciones de la niña con las mujeres de la familia y la lucha de su madre para que ella llegue a ser una mujer independiente y sin las limitaciones de las generaciones anteriores de las mujeres de la familia. Recomendada su lectura en el libro ‘El amor y la sexualidad en la educación’, en el que, en el apartado de bibliografía comentada, se incluye una pequeña reseña del mismo a cargo de Itxaso Sasiain Villanueva.”

(Lote de 20 ejemplares del libro disponible para su préstamo en el Centro de Documentación María Zambrano, del Instituto Andaluz de la Mujer)

Valoración

La reunión en torno a este libro la realizamos en la sede y conjuntamente con el club de lectura de la Biblioteca de la Fundación Tres Culturas, que, muy acertadamente, ha adoptado el nombre de su autora, Fatima Mernissi, en homenaje a la escritora marroquí fallecida hace apenas un año.

Este libro fue el segundo que leímos hace años en nuestro -por aquel entonces- incipiente grupo de lectura, si bien nos pareció oportuno retomarlo, a instancias de la coordinadora del club antes mencionado, porque muchas de las componentes actuales del grupo no pertenecían al mismo en sus inicios y les apetecía leerlo. Tampoco se había incluido una reseña crítica sobre la obra en el blog -la forma de este se ha ido conformando con el tiempo-, así que han venido muy bien las circunstancias para hablar de una obra que ya en su día me maravilló por muchas razones, entre las que destacaré las siguientes: por mostrarnos las vivencias de niñez de su autora -aunque hay quien sostiene que no se trata de unas memorias, es evidente el contenido autobiográfico de la obra-, una mujer fascinante en cuya formación creativa y vital tuvieron un papel predominante las muy singulares y valiosas mujeres de su familia, y de forma muy especial su abuela materna; por aproximarnos al mundo árabe -principalmente a sus mujeres-, tan cercano y tan lejano a la vez; por darnos a conocer las luchas por su emancipación de las mujeres árabes, tan parecidas a las de nuestras abuelas y nuestras madres, e, incluso a las de nosotras mismas.

Las razones anteriores las he rememorado al releer el libro, además de hacerme consciente de nuevo de la gran sabiduría de la autora, ya que el libro está trufado de reflexiones y notas que muestran la riqueza de su pensamiento y de su conocimiento.

Especialmente interesantes estuvieron las intervenciones en la reunión de Maria-Àngels Roque, del Institut Europeu de la Mediterrània (Barcelona), experta en el mundo árabe y amiga personal de la autora que presentó el libro; entre otras cosas, nos comentó la fascinación de Fatima Mernissi por Scheherezade, personaje y voz narradora principal de la recopilación de cuentos árabes de ‘Las mil y una noches‘, y cómo dicho personaje fue siempre un referente en la vida de la autora; de hecho, el capítulo segundo del libro se dedica a ‘Shahrazad, el rey y las palabras’. Y también nos llamó la atención Maria-Àngels sobre cómo en la obra, a pesar de no tratarse de un ensayo, la autora -historiadora, ensayista, doctora en Sociología y profesora de universidad, además de escritora- fue ampliando información relevante en forma de notas a pie de página.

Alguna persona asistente a la reunión mencionó que este libro no era el mejor la autora -en Wikipedia se destacan, por ejemplo, ‘El harén político: el profeta y las mujeres, Sultanas olvidadas‘, ‘Marruecos a través de las mujeres‘, y, especialmente, ‘El hilo de Penélope‘, todas ellas disponibles en nuestro Centro de Documentación, así que habrá que comprobarlo leyendo las obras citadas. Y también se dijo que seguramente el libro no pasaría a la historia de la literatura y que tenía un estilo un poco elemental de frases cortas –preguntada al respecto, Maria-Àngels comentó que la obra había sido escrita originalmente en inglés, lo que quizá pudo limitar a la autora al no utilizar su lengua materna-. En lo que a mí respecta decir que la lectura se me hizo sumamente grata, a pesar de haber leído la obra con anterioridad en un par de ocasiones, y que no llegué a notar las limitaciones citadas.

Mencionar también como especialmente reseñable que, como quizá era previsible, hubo cierta polémica sobre el tema del velo y si las mujeres musulmanas lo usan realmente por obligación o por usos culturales, reafirmación cultural frente a Occidente o, incluso, simplemente por moda. Por no extenderme en la materia, comentar que en principio me parece muy loable querer respetar la cultura árabe y defender que las mujeres de la misma hagan lo que les parezca oportuno… pero no a costa de olvidar y dejar de apoyar fundamentalmente a las mujeres árabes que con valentía han luchado y lo siguen haciendo contra esta imposición claramente patriarcal. Remito a lo que se dice en propio libro sobre el tema (por ejemplo en páginas 123 y 124, cuando la madre dice a Fátima que nunca se cubra la cabeza -ver cita completa más abajo- o en las numerosas alusiones a la lucha contra el velo de las feministas árabes) y a una clarificadora entrevista a la feminista socialista y reconocida luchadora laicista argelina Marieme-Hélie Lucas al respecto (sinpermiso, 23/01/2016), que, por su gran interés, reproduciré íntegramente en la entrada siguiente.

Para más información sobre la reunión remito a una estupenda reseña de Federico Ruiz sobre la misma en el blog de la Biblioteca de la Fundación Tres Culturas. Y también a la noticia aparecida en la web de la Fundación al respecto, cuyo final reproduzco a continuación a modo de colofón:

Podemos recordar a Fátima Mernissi por muchas cosas, pero queremos destacar su lucidez, su buen humor y también su sonrisa, que para ella fue un modo de actitud vital resistente y reivindicativa.

Citas

P. 9 y 10: “Por alguna razón, decía mi padre, cuando Alá creó el mundo separó a los hombres de las mujeres y colocó un mar entre musulmanes y cristianos. Existe armonía cuando cada grupo respeta los límites de los demás; la transgresión sólo causa pena y desdicha. Pero las mujeres soñaban con ella continuamente. Su obsesión era el mundo del otro lado del umbral.

P. 11: “Mi primo Samir… decía que para crear una frontera sólo hacían falta soldados que obligaran a los demás a creer en ella… La frontera está en la mente del poderoso.

P. 72 [Habla Yasmina, abuela materna de la niña]: “La naturaleza es la mejor amiga de una mujer -decía a menudo-. Si tienes problemas, nada en el estanque, tiéndete en un prado o contempla las estrellas. Así cura una mujer sus miedos.

P. 81 [La niña habla con su abuela]: “… Y cuando una mujer trabajaba de firme y no ganaba dinero, estaba atrapada en un harén, aunque no viera los muros.

-Tal vez las normas sean crueles porque no las hacen las mujeres -fue la conclusión de Yasmina.

-Y por qué no las hacen las mujeres? -pregunté.

-En cuanto las mujeres sean listas y empiecen a plantear esa misma pregunta -contestó ella- en vez de dedicarse a cocinar y fregar dócilmente, descubrirán el medio de cambiar las normas y volver el planeta del revés.

P. 82 [Habla Yasmina]: “Si piensas demasiado en muros y normas, perderás la ocasión de ser feliz, querida niña -dijo-. El objetivo esencial de la vida de una mujer es la felicidad. Así que no dediques el tiempo a buscar muros para darte de cabeza contra ellos.

P.123-124 [Habla la madre de la niña]: “¡Nunca te cubras la cabeza! -me gritó mi madre-. ¿Me has entendido? ¡Nunca! ¡Yo lucho contra el velo y vas y te pones uno!

Aunque te persiga el todopoderoso rey de los alemanes Hi-Hitler -dijo- tendrás que enfrentarte a él con la cabeza descubierta. Taparte la cabeza y esconderse no servirá de nada. Esconderse no soluciona los problemas de una mujer. Simplemente la identifica como una víctima fácil …

Más sobre la autora

Otras obras de la autora en nuestro Centro de Documentación

Vídeo

Canción para el 25N 2016: ‘I Play the Kora’, por Les Amazones d’Afrique

Para conmemorar el 25 de noviembre, este año elegimos la canción ‘I Play the Kora’ interpretada por Les Amazones d’Afrique, primer supergrupo femenino de África Occidental:


Este vídeo está subtitulado en inglés (no parece estar disponible con subtítulos en castellano), pero la letra es fácil de entender:

Soy tu madre, ámame,
soy tu hermana, ámame.
soy tu esposa, ámame,
no tienes derecho a pegarme.
Nosotras las mujeres, todas las mujeres,
queremos ser respetadas.
Hombres, escuchadnos,
la canción que cantamos es para ti,
nuestros problemas y tristezas son nuestras armas
y queremos compartirlas contigo.
Hombres, mujeres, todas y todos somos criaturas de dios.
Juntémonos para luchar contra la injusticia
porque todas y todos somos iguales

Una preciosa canción interpretada de la mejor y más bella manera posible, de forma que su mensaje pueda llegar a todas las personas, mujeres y hombres de África y del resto del mundo.

Más información del grupo en su Facebook.

Y entrevistas a las integrantes del grupo en el siguiente vídeo:


Un rayo de sol africano para la eliminación de las violencias machistas en todas las latitudes del planeta.

La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexievich

Sesión doble 65 (4 de octubre de 2016)

Swetlana Alexijewitsch 2013 cropped.jpg

Svetlana Alexievich (31 de mayo de 1948-)

la-guerra-no-tiene-rostro-de-mujerLa guerra no tiene rostro de mujer/ Svetlana Alexiévich. — Barcelona : Penguin Random House, 2015 — 365 p.

Resumen:  “Casi un millón de mujeres combatió en las filas del Ejército Rojo durante la segunda guerra mundial, pero su historia nunca ha sido contada. Este libro reúne los recuerdos de cientos de ellas, mujeres que fueron francotiradoras, condujeron tanques o trabajaron en hospitales de campaña. Su historia no es una historia de la guerra, ni de los combates, es la historia de hombres y mujeres en guerra.”

(Lote de 20 ejemplares del libro disponible para su préstamo en el Centro de Documentación María Zambrano, del Instituto Andaluz de la Mujer)

Valoración

Libro verdaderamente estremecedor pero muy humano; la dureza de muchos de los testimonios de mujeres recogidos en el mismo hizo que algunas integrantes del grupo -según manifestaron en la reunión- obviaran ciertos pasajes, o, incluso, dejaran de leerlo.

Comenzar la valoración afirmando sin ambages que se trata de una obra de literatura bélica profundamente ‘pacifista’: la autora, tras entrevistar a cientos de mujeres rusas que habían participado de forma activa en la Segunda Guerra Mundial, concluye, entre otras cosas, que: Cada vez la guerra nos gusta menos, nos cuesta más justificarla. Para nosotros ya es el asesinato, nada más. Al menos para mí lo es.(p. 20). Y es que, junto con algunos testimonios, lo mejor del libro son las reflexiones de la autora sobre el material con el que está trabajando (ver una selección en las citas).

Y libro profundamente femenino, ya que se trata del testimonios de mujeres que casi nunca habían relatado sus experiencias en la guerra pues nadie se había interesado por ellas. Una guerra, la de las mujeres, muy diferente a la guerra de los hombres; “Tenemos dos guerra… eso está claro…”, dice el esposo de una excombatiente que está recordando ‘su guerra’ (p. 131). La guerra de los hombres es de hazañas heroicas y grandilocuencia histórica, la de las mujeres está llena de hechos pequeños, cotidianos, aunque en muchas ocasiones no exentos de la heroicidad atribuida casi en exclusiva a los hombres. Además, las mujeres sufren también en las guerras otras violencias dirigidas casi en exclusiva contra ellas, como son las violaciones masivas de mujeres como parte de los ‘botines de guerra’ o el ser mal vistas las combatientes al regresar de la guerra por dudar la población en general de su moral y comportamiento (‘sexual’) mientras estuvieron en el frente.

Quizá hubiera sido interesante, para completar la visión de la guerra, los testimonios de otras mujeres, las no directamente implicadas en la guerra y que, sin embargo, sufrieron la violencia contra la población civil que esta necesariamente conlleva. Y es que este libro me recordó otros que sí que dan esa visión, como el magnífico ‘El maestro Juan Martínez que estaba allí‘, de Manuel Chaves Nogales, la preciosa novelaLa voz dormida‘, de Dulce Chacón -leída en su día por el grupo de lectura-, o la recientemente editada ‘Celia en la revolución‘, de Elena Fortún, cuya lectura espero que abordemos en el grupo en breve, dadas las magníficas críticas que ha cosechado. Claro que después de la ingente actividad de la autora del libro que nos ocupa con la realización y el tratamiento de una enorme cantidad de entrevistas a  mujeres combatientes, esa otra labor de indagación hubiera sido prácticamente imposible, así que bien está el libro como está.

En definitiva, una obra dolorosa pero absolutamente necesaria, que te hace sufrir pero que también te hace más sabia (o sabio), y que, desde luego, te hace odiar aún más algo tan absurdo, cruel y actual como es la guerra, todas las guerras, más si cabe si eres mujer.

Citas

P. 13-14: “A lo largo de dos años, más que hacer entrevistas y tomar notas, he estado pensando. Leyendo. ¿De qué hablará mi libro? Un libro más sobre la guerra… ¿Para qué? Ha habido miles de guerras, grandes y pequeñas, conocidas y desconocidas. Y los libros que hablan de la guerra son incontables. Sin embargo… siempre han sido hombres escribiendo sobre hombres, eso lo veo enseguida. Todo lo que sabemos lo que sabemos de la guerra, lo sabemos por la «voz masculina». Todos somos somos prisioneros de las percepciones y sensaciones «masculinas». De las palabras «masculinas». Las mujeres mientras guardan silencio. Es cierto, nadie le ha preguntado a mi abuela excepto yo. Ni a mi madre. Guardan silencio incluso las que estuvieron en la guerra. Y si de pronto se ponen a recordar, no relatan la guerra «femenina», sino la «masculina». Se adaptan al canon. Tan solo en casa, después de verter algunas lágrimas en compañía de sus amigas de armas, las mujeres comienzan a hablar de su guerra, de una guerra que yo desconozco. De una guerra desconocida para todos nosotros. Durante mis viajes de periodista, en muchas ocasiones, he sido la única oyente de unas narraciones completamente nuevas. Y me quedaba asombrada, como en la infancia. En esos relatos entreveía el tremendo rictus de los misterioso… En lo que narran las mujeres no hay, o casi no hay, lo que estamos acostumbrados a leer y a escuchar: cómo unas personas matan a otras de forma heroica y finalmente vencen. O cómo son derrotadas. O qué técnica se usó y qué generales había. Los relatos de las mujeres son diferentes y hablan de otras cosas. La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana. En esta guerra no solo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros. Y sufren en silencio, lo cual es aún más terrible.

P. 25: “… El valor en la guerra y el valor en el pensamiento son dos valores diferentes…

P. 26: “No me limito a apuntar. Recojo y sigo la pista del espíritu humano allí donde el sufrimiento transforma al hombre pequeño en gran hombre. Donde el ser humano crece […] Veo su alma. Entonces ¿en qué consiste mi conflicto con el poder? Ya lo he descubierto: las grandes ideas necesitan hombres pequeños, no les interesan los grandes hombres. Un gran hombre es excesivo e incómodo. Es difícil de moldear. Yo en cambio busco al pequeño gran hombre. Ultrajado, pisoteado, humillado, aquel que dejó atrás los campos de Stalin y las traiciones, y salió ganador. Hizo el milagro.

P. 41: “[…] ¿Por qué el mal no nos sorprende? ¿Por qué nuestro consciente carece del sentimiento de asombro ante el mal?

P. 57: “[...] Lo que estoy recopilando lo definiría como «el saber del espíritu». Sigo las pistas de las existencia del alma, hago anotaciones del alma… El camino para mí es mucho más importante que el suceso como tal, eso no es tan importante. El «cómo fue» no está en primer lugar, lo que me inquieta y me espanta es otra cosa: ¿qué le ocurrió allí al ser humano? ¿Qué ha viso y qué ha comprendido? Sobre la vida y la muerte en general. Sobre sí mismo, al fin y al cabo…

P. 127: “Todo se repite… Una vez más, paso un largo rato mirando los álbumes de fotografías familiares, decorados con amor y cuidado […] Me gusta encontrarme con este respeto hacia sus vidas, con documentos que certifican su amor por el pasado y por todo lo vivido. Por los rostros entrañables…

P. 133: “Tuvieron que pasar decenas de años hasta que Vera Tkachenco, una conocida periodista, publicara […] un artículo sobre nosotras, explicando que también habíamos luchado en la guerra. Explicando que había mujeres excombatientes que se habían quedado solas, que no se habían casado y que no tenían casa…

P. 131: “-Tenemos dos guerra… eso está claro…- Saul Guénrijovich [esposo de una excombatiente que está recordando ‘su guerra’] interviene en la conversación-. Cuando empezamos a recordar, yo me doy cuenta enseguida: ella recuerda su guerra, yo la mía. A mí también me pasaron cosas parecidas a eso que le ha contado de la casa […] pero yo no lo recuerdo… Se me escapó… En aquel momento me parecía una nadería. Una tontada…

P. 151: “«Mi marido, caballero de la Orden de la Gloria, fue condenado a diez años de trabajo forzados después de la guerra […] Lo único que hizo fue escribir a su compañero de universidad y contarle lo que le costaba sentirse orgulloso de nuestra Victoria: habíamos abarrotado de cadáveres nuestro terreno y el ajeno. Lo habíamos bañado en sangre. Enseguida le detuvieron.. Le quitaron las hombrearas…

P. 155: “«Ay, nenas, qué puñetera fue esa guerra… Vista con nuestros ojos. Con ojos de mujer… Es horrenda. Por eso no nos preguntan…»

P. 165: «En la sala del hospital donde yo trabajaba había dos heridos… Eran un alemán y un tanquista de los nuestros… Fui a verlos.

»-¿Cómo se encuentra?

»-Yo bien -dijo el tanquista-. Pero este está sufriendo.

»-Es un nazi…

»-Ya, pero yo estoy bien y él sufre.

»Ya no eran enemigos, eran personas, tan solo dos hombres malheridos en la misma habitación. Entre ellos surgió una relación humana. Tuve oportunidad de observar en más de una ocasión que eso ocurría muy rápido…»

P. 197: “Alrededor de la vida, igual que alrededor de la muerte, hay mucho trabajo. No solo se trata de cargar y disparar, no solo se colocan minas y se desactivan, se bombardea y se hace volar por los aires; no solo se trata de lanzarse al ataque, sino que también hay que lavar la ropa, preparar la sopa, hornear el pan, fregar las ollas, cuidar a los caballos […] De pequeños asuntos. Sé que a menudo no se piensa en todo eso. «Del trabajo habitual de las mujeres, había montones», recuerda Aleksandra Iósifovna Mishútina, auxiliar sanitaria…

P. 221: “… Muy pronto, ya en las primeras conversaciones, me di cuenta: independientemente del tema concreto del que hablaran, incluso hablando de la muerte, las mujeres siempre mencionaban la belleza, ese eje indestructible de su existencia: «Estaba tan bella en el ataúd… Parecía una novia…» (A.Strófseva, soldado de infantería). O bien: «Me tenían que entregar la medalla y mi camisa militar ya estaba muy vieja. Le hice un ribete de gasa en el cuello. Algo blanco… Me sentía tan hermosa en ese momento […] Luego hubo un bombardeo, se me quedó la camisa hecha un asco…» (N. Ermaliva, soldado de transmisiones) […]”

P. 281-282: “«Mi primer beso…

»El subteniente Nikolái Bielojvósóstik… Ay, me he puesto roja, y eso a pesar de que estoy hecha una abuelita […] Era mi primer amor… ¡O tal vez el único! ¿Quién sabe?… Yo creía: ‘Nadie de la unidad sospecha nada’ […]

»En su entierro… Yacía sobre una capa militar de lona, le acababan de matar […] Había llegado la hora de despedirnos de él… Me dijeron: ‘¡Tú la primera!’. El corazón me dio un salto, comprendí… que… todos sabían de mis sentimientos. Todos lo sabían… Tuve un pensamiento fugaz: ¿tal ve él también lo sabía? Allí estaba… Dentro de nada le bajarían al foso… Le cubrirían de arena… Pero me alegró enormente pensar que tal vez él lo sabía […]

»Toda mi vida he vivido con este recuerdo… Aquel instante. Las bombas caían… Él… tendido sobre aquella capa militar… Ese momento… Y yo tan alegre…. sonreía para mis adentros. Parecía una chiflada. Me alegraba porque él, quizá, sabía de mi amor….

P. 287: “[…] Allí a menudo no había testigos de los actos de valor, al igual que tampoco los había de la traición.

P. 341: “[…] Eso… sucedía… Rara vez sale en nuestros libros, pero es la ley de la guerra. Los hombres llevaban tanto tiempo sin mujeres… y además, claro, el odio nos desbordaba. Entrábamos en un pueblo o en un aldea: los tres primeros día se dedicaban al saqueo y a… […]

»Recuerdo… claro que recuerdo a una mujer alemana violada. Yacía desnuda, en la entrepierna le habían metido una granada. Ahora siento vergüenza, pero en aquel momento no la sentí […]”

P. 364: “… No me gustan los juguetes bélicos, los juguetes de guerra para niños. Los tanques, las metralletas… ¿Quién los ha inventado? Me revuelven el alma. Yo nunca les he comprado ni regalado a los niños juguetes de guerra. Ni a los míos ni a los de los demás. Una vez alguien trajo a casa un avioncito de guerra y una metralleta de plástico. Los envié directamente a la basura. ¡Al momento! Porque la vida humana es un regalo tan grande… ¡El mayor regalo! Las personas no somos dueñas de ese regalo…

Más noticias y opiniones sobre la obra

La ternura de los lobos, de Steff Penney

Sesión doble 65 (4 de octubre de 2016)

Imagen relacionada

Steff Penney, 1969-

ternuraLa ternura de los lobos/ Steff Penney. — [Barcelona] : Salamandra, D.L. 2008.– 448 p.

Resumen:  “Antes de que los rigores del invierno se ciernan sobre Dove River, un poblado fundado por pioneros escoceses en el noreste de Canadá, una mujer halla el cadáver de un trampero local al mismo tiempo que su hijo, de diecisiete años, desaparece en una excursión de pesca. Los hechos atraen hasta aquel remoto lugar a un variado grupo de personas dispuestas a esclarecer el crimen, o a beneficiarse de él, desde un joven delegado de la poderosa Hudson Bay Company hasta un curtido y arruinado periodista. Cuando la señora Ross decide emprender ella misma la búsqueda de su hijo, adentrándose en el bosque acompañada de un taciturno pero experto rastreador, se ponen en marcha también una serie de personajes cuyas insólitas historias confluyen hacia un destino común en el majestuoso e imponente marco de la tundra nevada… Los hombres y mujeres que conforman esta novela deberán saldar cuentas con el pasado antes de afrontar los desafíos del presente.”

(Lote de 20 ejemplares del libro disponible para su préstamo en el Centro de Documentación María Zambrano, del Instituto Andaluz de la Mujer)

 

Valoración

Como se ha comentado en la entrada anterior, dedicada al Día de las Escritoras, esta novela, primera de la autora, es una mezcla de géneros -western, novela histórica, de misterio, psicológica, etc.- que te atrapa desde el primer momento.

Y es que la obra es una delicia que nos ha gustado por igual a todas las componentes del grupo de lectura; incluso, ha habido alguna que la ha definido como el libro del verano pues se lo ha recomendado a un montón de gente.

Se trata de una novela coral pero de una clara protagonista, la señora Ross. Muy curiosa, además, la forma de la autora de explicitarlo, haciendo que esta hable en primera persona del singular y refiriéndose al resto de personajes en tercera persona. Una protagonista que a lo largo de la novela se va revelando como inteligente, valiente, con corazón, incluso tierna…

Estupendos también los retratos de los personajes secundarios, algunos de ellos verdaderamente entrañables. Mis favoritos: María y Donald. María, un ser libre e inteligente que intenta cultivar su intelecto a pesar de las circunstancias adversas -ser chica en aquella época y vivir en un pueblo con poca capacidad para desarrollar todo su potencial-; preciosas, además, la relaciones de María con su padre y con su hermana, a la que reconoce no solo bella sino tan inteligente como ella misma. Y Donald, un chico sensible y cabal, en búsqueda siempre de la acción correcta y que no renuncia al amor, que, con el desarrollo de la novela, se va volviendo menos convencional de lo que podía parecer al principio (llamo aquí la atención sobre el emocionante párrafo que aparece en las páginas 440 y 441 de la edición reseñada, especialmente esclarecedor de cómo este personaje ‘vive’ la relación con su amada).

Sin olvidar el paisaje en el que se desarrolla la acción, el noreste de Canadá, maravillosamente descrito y muy presente siempre en la novela, tanto que una integrante del grupo dijo que era como un personaje más. Con más valor, si cabe, al decirnos otra compañera que al parecer la autora había querido ir a conocer en directo el escenario de su novela pero que, dada su agorafobia, se había tenido que conformar con documentarse con mapas y libros consultados en la Biblioteca Británica.

En definitiva, una delicia de libro que me ha hecho rememorar lo bien que lo pasaba leyendo novelas de aventuras cuando era adolescente, con el añadido, además, de que, siendo un libro de acción, incluso de misterio, a la vez es psicológico y profundo, trufado de frases y pensamientos de los que dejan poso.

Terminar, pues, diciendo que podemos afirmar de esta novela que con ella se disfruta del placer de la lectura, nada más y nada menos.

 

Citas del libro

p. 14 [Señora Ross] : … Ando deprisa, impulsada por la cólera, con la cabeza alta. Seguramente parezco contenta.

p. 15 [Señora Ross] : ¿Señor Jammet? empiezo con una voz que me suena de una afabilidad irritante-. Señor Jammet, perdone la molestia, pero es que quería preguntarle…

p. 25: [Sobre la señora Ross]: … tiene un porte regio y una cara francamente bonita, aunque su gesto adusto es incompatible con la verdadera belleza.

p. 61 [Señora Ross]: Cuando sólo pensaba en mí misma, no tenía más que chasquear los dedos para que los hombres me complacieran en todo. Ahora que trato de ser mejor persona, ya ves: mi marido me da la espalda y no me mira a la cara. Pero quizá sea sólo cosa de la edad: cuando una mujer se hace mayor pierde encanto y poder de persuasión, y eso no tiene remedio.

p. 69 [Señora Ross]: La primera vez que veo a alguien le miro las bocamangas, los zapatos, las uñas, etcétera, a fin de deducir posición social y económica.

p. 73 [Donald]: No era esto lo que esperaba él cuando salió de Escocia. Entonces parecía que este vasto y solitario país encerraba una promesa de dureza, que el clima riguroso y la vida simple forzosamente habían de templar el valor del hombre, limpiándolo de mezquindad. Pero no ha sido así, o quizá sea culpa suya, quizá sea que él no se dejó limpiar. Quizá, para empezar, le ha faltado solidez moral.

p. 73: Donald no sale de su asombro de cómo habla esta muchacha. Le parece oír vagamente la voz de su padre decir en aquel didáctico tono suyo: “El deso de escandalizar es un rasgo infantil que se pierde al madurar.” No obstante, María podría ser cualquier cosas menos inmadura. Entonces Donald recuerda que ya no tiene por qué estar de acuerdo en todo con su padre.

p. 147 [Señora Ross]: Mi marido me dio lo que yo no esperaba alcanzar: un sentimiento de legitimidad. Y la convicción de que aquí había una persona a la que no tendría por qué ocultarle nada. No tenda que fingir. Supongo que lo que quiero decir es que lo amaba. Sé que él también me quería, pero no estoy segura de cuándo dejó de ser así.

Angus da media vuelta y, dormido, me abraza, algo que no ha hecho en mucho tiempo. No me atrevo a moverme, porque no sé si se da cuenta de lo que hace o está soñando. Al cabo de un rato, gruñe y se vuelve otra vez de espaldas a mí. Me parece que nunca, ni en los peores momentos del manicomio, cuando murió mi padre, me había sentido tan sola.

p. 175 [Señora Ross. Pasaje revelador de un dato]: Me vuelvo a mirar a los perros, que se han tumbado en la nieve, muy juntos para darse calor. Curiosamente, el más pequeño, de color arena, es perra; se llama Lucie, que él pronuncia ‘Lucí’, a la francesa. Es mi nombre, por lo que siento cierta afinidad con ella: parece cariñosa y confiada, como se supone que son los perros, muy distinta de Sisco, su compañero, que tiene pinta de lobo, unos inquietantes ojos azules y un gruñido amenazador. Me da la impresión de que existe cierta simetría entre los dos perros y las dos personas que hacemos este viaje. Me pregunto si Parker también lo habrá pensado, a pesar de que, naturalmente, no le he dicho mi nombre de pila ni es probable que él lo pregunte.

p. 177 [Señora Ross]: Es curioso cómo nos mueve la vanidad hasta en las circunstancias menos apropiadas. Pero, me digo, la vanidad es uno de los atributos que nos distinguen de los animales, por lo que quizá deberíamos enorgullecernos de ella.

p. 186-187 [Señora Ross]: Cuando le pregunto a Parker si esto es prudente, él se ríe. Dice que en esta región no hay osos. ¿Y lobos?, pregunto. Él me dedica una mirada de conmiseración.

-Los lobos no atacan a las personas. Pueden acercarse por curiosidad, pero no las atacarían.

-No sé de ningún caso en que los lobos atacaran sin ser provocados. Nosotros no hemos sido atacados, y ha habido lobos observándonos.

-¿Está despierta, señora Ross?

-Sí, consigo susurrar con el corazón en la garganta, imaginado toda clase de horrores al otro lado de la lona.

-Si puede, acerque la cara a al abertura y mire fuera. No se asuste, no hay nada que temer. Quizá le interese.

Al principio no veo más, pero al cabo de unos momentos percibo un leve movimiento en las sombras… ¡Un lobo! Los tres animales se observan con intenso interés, al parecer sin agresividad, pero también sin intención de darse la espalda. Se oye un aullido, quizá del lobo…. Parece estar solo. Se acerca unos pasos y luego retrocede, como el niño tímido que quiere unirse al juego pero no está seguro de ser bien recibido.

Durante unos diez minutos, observo esta escena de casi muda comunicación entre perros y lobo y acabo por olvidar el miedo. A mi lado, Parker también observa. Aunque no vuelvo la cara, lo siento muy cerca, tanto que hasta puedo olerlo. Lo noto poco a poco; el aire es tan frío que mata los olores. Siempre me había parecido que esto era de agradecer, pero el olor que percibo ahora no es a perro, ni siquiera a sudor, es un olor vegetal, a vida…

p. 177 [Señora Ross]:

-Me alegro de que me avisara

-Hace años… -Se interrumpe, como sorprendido de sí mismo por su locuacidad. Yo espero-. Hace años encontré un cachorro de lobo abandonado. Quizá a la madre la habían matado o echado de la manada. Lo eduqué como a un perro. Durante un tiempo se mostró contengo y cariñoso, una buena mascota. Me lamía la mano y se revolcaba con ganas de jugar. Pero creció y se acabó el juego. Recordó que era un lobo, no una mascota. Miraba a lo lejos. Un día despareció. Los chippewas tienen parea eso una palabra que significa “el dolor de la memoria”. No puedes domesticar a un animal salvaje, porque siempre recuerda de dónde viene, y algún día querrá volver.

p. 217: … El sonido es ineludible: tenue pero insistente, como la voz de la conciencia.

p. 219 [Donald]: … Porque sólo si es respetado puede un hombre conquistar el amor, ya que en el amor de una mujer tiene que haber parte de admiración.

p. 391: Pero también una casa vacía tiene algo que ofrecer al buen observador… Cosas que la gente no se molesta en recoger porque no valen nada, porque nadie las querría, ni siquiera la persona que vivía aquí.

Es muy poco lo que queda de nosotros.

p. 409: … ¿Cuál es el hombre que no ansía hacer el bien si, al mismo tiempo, se beneficia con ello?

p. 421 [Señora Ross]: Cuántas veces advertimos la acción de fuerzas implacables en el momento en que están actuando? Yo no me daba cuenta. Y por el contrario, ¿cuántos hechos que imaginamos trascendentales se evapora como la bruma matinal sin dejar rastro?

p. 440-441 [Rememoración de una vida; no se recoge el párrafo por no desvelar el final de la novela]

Más noticias y opiniones sobre la obra