Archivo de la categoría: Novelas autobiográficas

Madre de leche y miel, de Najat El Hachmi

Sesión 88 (2 de abril de 2019)Najat El Hachmi (Nador, Marruecos, 1979-)

Madre de leche y miel / Najat El Hachmi– Barcelona : Destino, 2018.– 380 p.

“Madre de leche y miel narra en primera persona la historia de una mujer musulmana del Rif, Fátima, que ya adulta, casada y madre, deja atrás a su familia y el pueblo donde ha vivido siempre, y emigra con su hija a Cataluña, donde lucha para tirar adelante. En esta historia se narran las dificultades de esta inmigrante, además del desajuste entre todo lo que ha vivido hasta ahora, y en lo que creía, y este nuevo mundo. También se narra su lucha para tirar adelante y dar un futuro a su hija. Articulada como un relato oral en que Fátima vuelve al cabo de los años de visita a la casa familiar y cuenta a sus siete hermanas todo lo que ha vivido.”

(Lote de libros prestado por la Biblioteca de la Fundación Tres Culturas)fundacion-tres-culturas

Valoración

A esta autora tuvimos el placer de conocerla en persona en la Fundación Tres Culturas, donde vino invitada por el club de lectura de su Biblioteca [fotos de recuerdo al final de la entrada]. Allí nos enteramos, por ejemplo, de que escribe en catalán y de que por ahora no ha sido ella quien se ha encargado de las versiones en castellano de sus obras.

Respecto a este libro en concreto, hubo división de opiniones en la reunión de nuestro grupo de lectura. Aunque la obra nos había interesado en general por sus personajes principales y su temática, a algunas se nos había hecho un poco pesada y pensábamos que se podría haber aligerado de algunas páginas. Algo difícil, quizá, dado el estilo de relato ‘oral’ en los capítulos en que Fatima, la madre marroquí protagonista de la historia, le cuenta a sus hermanas las vicisitudes pasadas y cómo consiguió salir adelante en Cataluña, donde había emigrado con su hija pequeña desde el Rif en busca de un marido que se había ido anteriormente allí y que no daba señales de vida. Para tan largo viaje Fatima apenas contaba con medios materiales ni humanos ya que, por ejemplo, era analfabeta y no tenía conocimiento alguno de la lengua y la cultura del lugar de destino.

En cualquier caso, decir que la obra refleja muy bien la difícil vida a la que se enfrentan en el país de acogida (!?) las personas inmigrantes, más cuando estas son mujeres, sin formación ni contactos, y para colmo son árabes, es decir, de una cultura muy diferente a la nuestra aunque geográficamente apenas haya distancia entre nuestros respectivos países. Por señalar algo ventajoso para las mujeres en esta situación, decir que aquí pueden gozar de más libertad que en su país de origen, de cultura más acusadamente patriarcal, por decirlo suavemente. Por ejemplo, la protagonista de la novela consigue finalmente un trabajo medianamente aceptable en una fábrica y con ello una autonomía económica que, seguramente, no habría conseguido en su tierra, si bien hasta llegar a una situación laboral digna antes tiene que pasar por gran cantidad de trabajos precarios. Curioso, por cierto, que al final decida irse de la fábrica cuando a la misma van llegando trabajadores árabes, por los que se siente observada y ‘controlada’, tal como lo sería en su propio país.

En la primera parte de narración, que transcurre en Rif, es muy bonito ver las tiernas relaciones familiares entre hijas, madres y abuelas. Lo que no impide que se muestre cómo las mujeres están allí sometidas a una cultura en la que la violencia machista es algo común y corriente, dado que estas son consideradas como personas de segunda categoría con las que se puede hacer lo que se quiera, incluido someterlas a abusos sexuales y/o maltratos físicos. Y no siempre cuentan con la solidaridad de otras mujeres, como sería lo esperable. Dicho todo esto, lógicamente, con carácter general.

Hablando de las relaciones familiares entre mujeres, en el libro también conforta ver cómo muchos conocimientos básicos para la vida son transmitidos por las madres en la mayoría de las culturas y de las familias. Entre las cosas que pueden resultar un poco chocantes en el mismo mencionar el tono de tragedia con que es relatada la retirada del pecho de su madre a una hija motivada por el nacimiento de un nuevo bebé; o que quizá pueda resultar un poco impostada la pasión sexual de Fatima hacia su marido, ya que este no da la impresión de preocuparse por la satisfacción de su joven esposa a ningún nivel. Una cosa simpática es conocer que el amor a las hijas e hijos en el Rif lo sitúan metafóricamente en el hígado en vez de en el corazón, como sucede por estos lares. Y algo también triste es ver el desgarro -que ya hemos conocido en otras obras de diversas culturas- de las madres que han luchado para que sus hijas tengan una formación que ellas no han tenido la oportunidad de adquirir y que con el tiempo esto les supone el extrañamiento y alejamiento vital de sus hijas, más cuando, como es el caso, madre e hija viven en contextos mentales culturales diferentes.

En definitiva, la obra parece tratarse de un homenaje de la autora a su madre y a tantas otras mujeres que emigraron o que lo siguen haciendo -o intentando- hoy en día para conseguir una vida mejor, también para sus hijas e hijos, aunque para ello tengan que pasar por peligros, sacrificios y trabajos sin fin. Un homenaje muy merecido al que también nos queremos sumar desde aquí.

Citas

P. 63: … Invocaba a mi madre, a su madre y a su abuela y a todas las mujeres que nos han precedido, y les pedía fuerzas para aguantar aquel momento…

P. 69: … Fátima mía eran dos palabras que la envolvían con los brazos de su padre y la niña se paraba a reflexionar sobre el hecho de que unas simples palabras, que le llegaban a los oídos sin tan siquiera tocarla, le hicieran sentir una calidez como sea… Las palabras duran más que las cosas, se decía ella…

P. 98: … En general toda mujer que se opusiera deliberadamente a lo establecido era considerada una cualquiera…

P. 99: … Una mujer podía tener todas las cualidades del mundo, pero si estaba estropeada no servía para nada…

p. 122: … Me recordé a mí misma por qué había llegado allí. Que había ido a encontrar mi sitio, mi hogar, pero que este me había rechazado. Me vinieron las palabras que repetía tan a menudo mi madre: ponte derecha, sobre tus pies. Camina sobre tus propios pies que por algo tienes un buen par.

P. 182: … La voz de su madre […] era a buen seguro lo que más extrañaría.

P. 196-197: … Cuando le conté a Latifa lo que habíamos encontrado al llegar aquí, no sabéis cómo sufrió por mi, se puso tanto en mi piel que pensé que de un momento a otro se quedaría sin aire. Pero después, cuando le conté cómo había decidido levantarme sobre mis propios pies y convertirme en el padre de mi hija, en un hombre, le pareció un milagro de Dios. El hígado es el hígado, me dijo, solo los que han sufrido saben lo que es.

P. 253: Y sí que es lo mismo, hermanas, entonces no lo sabíamos, pero los hombres son iguales en todas partes. Yo me fiaba de los cristianos porque veía que no se excedían con las mujeres. Si los mirabas a los ojos ellos no pensaban que querías algo, y en absoluto te decían nada ni te seguían por la calle. Pero también has de tener cuidado con ellos porque son como los demás.

p. 261: … era aferrarse a Mohamed, ser en el otro…

P. 267: … Es mi hijo, me ha salido del vientre. Pero las leyes d ellas madres en nada se parecen a las del gobierno…

P. 273: … El incidente de aquel hombre de las manos heladas me hizo revivir el miedo antiguo que llevamos las mujeres en el cuerpo…

P. 277: … ¿Os acordáis de que os dije que me contaba tantas cosas al principio? ¿Que casi todo lo que aprendí de aquel nuevo mundo me lo explicó ella? Pues de pronto se calló, ahora apenas le podía sacar una frase completa…

P. 311: … Vosotras no podéis entenderlo, aquí las cosas son diferentes, las jóvenes son de las madres hasta que son de su marido, de su madre al marido, pero allí las mujeres hacen lo que quieren, pueden ganar dinero trabajando y entonces no le han de dar explicaciones a nadie.

P. 340: … Sentí mi cuerpo invadido por espasmos, por nudos de hacía muchos años, de dolor, de sufrimiento, de cosas que yo no recuerdo pero mi cuerpo sí…

P. 368: … Se echa tanto de menos al paisaje como a las personas…

Más sobre el libro

Libros de la autora en nuestro Centro de Documentación

Pulsar en el siguiente enlace.

Galería de fotos del encuentro con la autora en la Fundación Tres Culturas

Finalmente, aquí están las fotos mencionadas de componentes de nuestro grupo de lectura con la joven autora catalana-marroquí, tomadas en la reunión que mantuvimos con la misma el martes 29 de enero de 2019, conjuntamente con el club de la Fundación Tres Culturas, gracias a la amable invitación de la responsable de la Biblioteca de dicha entidad, que también aparece con nosotras en las imágenes.

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Yogur con mermelada…, de Lena Merhej

Sesión doble 86 (5 de febrero de 2019)Lena Merhej (Beirut, 1977-   )

Yogur con mermelada: o cómo mi madre se hizo libanesa / Lena Merhej– Madrid: Ediciones del Oriente y el Mediterráneo, 2018.– 128 p.

“En Líbano el yogur se come desde siempre con sal y pepino rallado (muy picado). Un día, Lena Merhej (Beirut, 1977) vio cómo su madre comía yogur con mermelada y se quedó de piedra. Años después dibujó esta bella historia sobre su madre, alemana de Hannover, y retrató la ‘cohabitación pacífica de contradicciones’ que era su familia y —quizá no tanto— su país. Una aproximación al mundo árabe a través de los ojos de una mujer de la vieja Europa que prueba que Oriente no está tan lejos y también tiene memoria, nostalgia y heridas abiertas.” (Alfonso Zapico, El País. Babelia, 21 de abril de 2018)”

(Lote de libros prestado por la Biblioteca de la Fundación Tres Culturas)fundacion-tres-culturas

Valoración

Hubo división de opiniones respecto de este cómic de carácter autobiográfico: a la mayoría de las pocas compañeras del grupo de lectura que asistieron a la reunión en torno al mismo les pareció sin una línea argumental bien estructurada y, por ende, de poca o mala comprensibilidad. Y tampoco les había gustado mucho la estética de las imágenes, sobre las que comentaron que parecía que estaban hechas de una forma descuidada.

A favor de la obra decir que se trata de un bonito homenaje de la autora a su madre, una alemana casada con un libanés que se trasladó a vivir al país de origen del marido, donde crió a una prole numerosa, además de ejercer su profesión de médica y de involucrarse en varios proyectos solidarios para la mejora de las condiciones de vida de su entorno. También admirable su labor para que la familia viviera con cierta normalidad en un ambiente de guerra y destrucción del entorno casi constante. Una normalidad doméstica que se observa, por ejemplo, en la mención de las comidas -presentes en el cómic incluso en su título- que sirven para diferenciar y mezclar distintas culturas como son la europea y la árabe.

Y de los dibujos decir que a algunas nos parecieron expresivos y evocadores de una ciudad mítica, como es Beirut, y de los numerosos avatares bélicos sufridos por la misma.

En cualquier caso, mirando la obra con un poco de distancia decir que se observa cierto nivel de improvisación, quizá debido a su procedencia: según contó la autora en la presentación de la obra en la Fundación Tres Culturas, en su origen las viñetas fueron realizadas como entregas periódicas a una revista y las distintas secuencias le fueron viniendo a la mente de la forma desordenada y aleatoria en que trabaja la memoria. Y tal como habían sido publicadas las distintas tiras las unió en este cómic, sin una reelaboración y reestructuración posterior para el mismo.

En fin, que cada cual juzgue como  quiera. Para hacerse una idea más precisa remitimos a las citas y a las imágenes recogidas al final de la entrada, así como al extracto del cómic referido en el apartado de más información sobre el libro.

Además, es más que recomendable la lectura de la entrada sobre el cómic de Federico Ruiz en el blog Tres Con Libros, de la Biblioteca de la Fundación referida, que es la entidad que nos prestó el lote y que también nos invitó a la presentación del mismo en la Fudación, haciendo gala con ello de la generosidad y amabilidad con la que siempre trata a nuestro grupo de lectura. ¡Gracias!

Citas

Cita introductoria: El tema de la memoria ha sido recurrente en la mayoría de mis proyectos desde que comencé a dibujar…
Mis recuerdos arrancan con mi familia, con mi madre para ser más exactos. Este trabajo,
Yogur con mermelada, es una investigación basada en el vínculo entre unos recuerdos que no sé de dónde llegan y otros que me vienen a la cabeza tras un suceso o un pensamiento que me ronda.

P. 30: Mi madre siempre ha sabido transformar la pena en una rabia que le impulsa a trabajar.

P. 41: Me aburro. [Lena]
¿Pero eso qué es? La biblioteca está llena de libros. [la madre]
Ese era el remedio para muchos de sus problemas. [Lena]

P. 42: Dice que cuando moría una persona cercana a ella, leía libros de Historia, porque la Historia le ofrecía una mirada más amplia de su existencia.
Superaba su pena al compararla con la pena de los pueblos en guerra.
Y dice que para ella un atlas es la mejor forma de evadirse de la guerra.
Y es que ella viaja por los mapas, de ciudad en ciudad.

P. 98: Mientras trabajó en el mundo de la medicina y la enseñanza mi madre se empeñó en usar la palabra “deshabilitado” en lugar de “discapacitado”, para luego decantarse por la expresión “personas con necesidades especiales” en lugar de “deshabilitado”.
-¡Detesto la lástima!

P. 123: Una vez visitó a una amiga que vive en Canadá y que reunió a varios árabes en el salón de su casa.
El emigrante tiene dos opciones, o bien vive con su comunidad, o bien se adapta y se integra en la sociedad a la que ha emigrado. [un asistente a la reunión]
Donde fueres haz lo que vieres. [otra asistente a la reunión] … Si uno opta por la primera opción, vivirá en la nostalgia. Y si opta por la segunda, estará trazando el camino de su vida con su mano sin sufrimientos ni amarguras.
Mi madre no nos enseñó el alemán.

P. 124: Como muchos libaneses en el extranjero, Fahmi solo ha enseñado a su hijo dos palabra en árabe: hola y puta. [!?]

Páginas del cómic

Más sobre el libro

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Por ahora este título es el único que ha publicado en castellano la autora.

La Triunfante, de Teresa Cremisi

Sesión 85 (8 de enero de 2019)

Teresa Cremisi (Alejandría, 1945-   )

La Triunfante / Teresa Cremisi– Barcelona: Anagrama, 2016.– 191 p.

Ésta es la historia de una niña de padre italiano y madre con pasaporte inglés, que creció en la Alejandría cosmopolita de la posguerra... En 1956, cuando era ya era una adolescente, la crisis del canal de Suez en el Egipto de Nasser la arrancó de su paraíso: la familia tuvo que emigrar, el padre se arruinó y a la madre le costó mucho adaptarse a su nueva vida en Milán. Algunas lecturas ayudaron a la joven protagonista a asentarse en un mundo en el que ya por siempre sería una extranjera: Stendhal, Conrad, Proust…, y también las aventuras de Corto Maltés, el marinero errante, y los poemas de Cavafis, habitante de Alejandría... Ya en París –donde vive el amor y el éxito profesional–, descubrirá la historia de La Triunfante, una corbeta francesa del siglo XIX que surcó el océano Pacífico para tomar posesión de las islas Marquesas, otro paraíso perdido, otro sueño de aventura portuaria.” (Anagrama)

(Lote de 20 ejemplares del libro disponible para su préstamo en el Centro de Documentación María Zambrano, del Instituto Andaluz de la Mujer)

Valoración

“… si se fían de una servidora y les gusta la literatura con mayúscula, elijan las memorias de una editora, La Triunfante, de Teresa Cremisi”. Así decía Heide Braun, ‘conductora’ de la librería Sidecar, en su Cartita número 152 de julio 2017 [más información sobre Sidecar y sus cartitas en la entrada de este blog dedicada a Los libros del 2018 (y algunos de años anteriores)].

Y así hemos leído algunas de las integrantes del grupo de lectura esta novela de clara inspiración autobiográfica, si bien hubo otras que opinaban de forma diferente y hablaron -más o menos, no son citas literales- de literatura ligera que se leía bien pero que no les había dejado gran poso (a mí desde luego me pasó lo contrario y terminé la obra emocionada); que se trataba de un personaje no demasiado interesante por ser de la ‘buena sociedad’ y por tanto sin grandes problemas económicos o de cualquier otro tipo (sin embargo otra compañera comentó que quizá sea más difícil sobreponerse a un cambio de la fortuna que ser siempre pobre y que la protagonista todo lo que había alcanzado en su vida adulta se debía a sus propios méritos, nada heredó de la familia pudiente en su día); que la protagonista era fría, que no se implicaba en las relaciones (muy interesante la palabra ‘apatheia‘ -“en el estoicismo, el estado mental alcanzado cuando una persona está libre de alteraciones emocionales”, según la Wikipedia-, citada por una compañera a colación de este comentario y en relación a la cultura del lugar de nacimiento de la protagonista -y de la propia autora-); incluso se dijo que su actitud podía considerarse hasta ‘sumisa’ (aunque también se podría entender como prudente y aquí recomiendo leer especialmente la cita de la página 117, recogida más abajo); o que habiendo sido la escritora editora de las emblemáticas editoriales francesas Gallimard o Flammarion bien podría haber contado jugosas anécdotas de las autoras y autores con los que había tratado (si bien otras preferíamos que se hubiera ceñido a sus experiencias vitales más que extenderse en otras historias).

En fin, que me atrevo a decir que se trata de un libro cuya lectura puede dejar huella por el conocimiento de la vida y de la cultura que muestra, aderezado con un cierto humor que aligera su lectura. Pero, como en todo en la vida, hay diversas opiniones y todas son igualmente válidas y respetables.

Mencionar como otros aspectos de interés los diversos paisajes por los que transita la protagonista, sus planteamientos en relación a la lengua y la elección del que quiso que fuera su idioma -cosa que usualmente nos viene dado-, o la mención de los libros más importantes en su vida, como son ‘La Cartuja de Parma’ de Stendhal, ‘Antonio y Cleopatra’ de Shakespeare, ‘La línea de la sombra’ de Conrad, ‘La lengua absuelta’ de Canetii, o los poemas de Cavafis, con uno de los cuales finaliza esta ‘autobiografía’ encubierta (ninguno de mujeres, cabe señalar…).

Acabar esta reseña con la siempre rica visión del libro de nuestra compañera Encina, que tuvo la gentileza de remitir por escrito dado que no iba a poder asistir a la reunión:

La novela me ha encantado por varias razones.
En primer lugar por su estilo fluido y elegante; las palabras son simples y bien escogidas. Su escritura me resultó poética, sincera y con destellos de humor. Ya desde la primera línea me atrapó «Tengo una imaginación portuaria… aves marinas» (p. 9). Y así seguí atrapada hasta el final, por ejemplo p. 173 con la metáfora de los animales (delfín, tigre de bengala, erizo de mar) que acompañan las etapas de la vida.” (acceso a la crítica completa pulsando aquí)

Citas

P. 66-67: Hay un pasaje de La Cartuja de Parma que me encanta. Gina da consejos a Fabrice, y le transmite fielmente las ideas del conde Mosca, como viático antes de su marcha a la Academia…

Podría ser un buen comienzo para un tratado de supervivencia:

«… el conde, que conoce bien la Italia actual me ha encargado que te diga algo. Cree, o no creas, lo que te enseñan, pero no les lleves la contraria nunca. Imagínate que te enseñan las reglas del whist; ¿harías objeciones a esas reglas del whist?» Y más adelante: «La segunda cosa que el conde me encargó decirte es la siguiente: si se te ocurre una idea brillante, una réplica victoriosa para cambiar el hilo de la conversación, no se te ocurra ceder a la tentación de deslumbrar, sigue callado; la gente aguda verá tu talentos en tus ojos. Ya tendrás tiempo de tener talento cuando seas obispo.»

¡Ah, cuánto me gustaba también ese conde Mosca! Su moral era flexible, su juicio siempre despejado y su acción decidida. Estas cualidades no entraban en contradicción con su bondad y su tolerancia: sabía amar.

P. 96-97: Desde siempre, ya sea en la localidad donde vivo o en una ciudad de paso, la gente me aborda por la calle para preguntarme una dirección […] Thomas decía que yo era reconfortante, que todo el mudo sentía ganas de hablarme. Que inspiro confianza. Otros me lo han confirmado.

En mi opinión, es porque doy la impresión de saber adónde voy. Con la edad, se ha vuelto casi cierto, pero durante muchos años eso ha sido tan desatinado como preguntarle la dirección a un niño perdido…

P. 82: Tardé mucho en comprender que el hecho de ser mujer era, como suele decirse, un hándicap; no me había pareado a pensar en la evidencia de que era difícil proyectar un destino similar al de Lawrence de Arabia perteneciendo al sexo femenino […] la diferencia hombre-mujer estaba enmascarada por la verdadera división, que era social; se nacía o bien entre los autodenominados occidentales acaudalados, o bien entre el pueblo llano que vivía poco más o menos como en tiempos bíblicos…

P. 92-93: Justo al final de la década de 1960, apareció […] una breve antología de poemas de Constantino Cavafis […]

Su lectura producía la sensación física del tiempo transcurrido, del polvo acumulado, las paredes erosionadas por el viento…

P. 97: Casi cuatro años duró la aventura de la imprenta. Me exigió mucho esfuerzo, y empleé las armas de que disponía: curiosidad y nervios bien templados.

P. 99: Fue en Lugano, durante un verano -recuerdo el color de mis alpargatas-, cuando empecé a darme cuenta de que mi madre respiraba cada vez con mayor dificultad […]

Fue también en Lugano, una fría primavera -recuerdo mi impermeable azul con capucha-, donde tuvo lugar una escena silenciosa en una cafetería…

P. 117: Me había convertido en la mujer que no habría debido ser.

Nunca triunfante, siempre prudentemente disimulando: nunca orgullosa y directa, siempre un tono por debajo y campeona del eslalon; nunca tajante, a menudo humilde, a veces incluso penosamente sumisa. Mi impaciencia ahogada, mi carácter reprimido y mis sueños anestesiados.

P. 139-140: Giacomo [pareja de la protagonista] había hecho más ligera mi vida […] Gracias a él, había encontrado por fin mi juventud.

Poco a poco, fui abandonando mis acrobacias para gustar sin gustar demasiado, para expresarme sin hablar demasiado. Los seres a quienes había conocido seguían formando parte con frecuencia de una historia borrosa sobre la que tenía poca influencia. Pero él sí era real. Estaba contento de despertarse a mi lado, contento de pasear conmigo; nunca se inquietaba si llegaba con retraso; se alegró de llevarme por la escalera cuando me romí el pie; era libre de reírse o de aburrirse sin disimulo con mis palabras. No se preocupaba con psicologías, no disecaba mis gestos o mis palabras. Su cuerpo hablaba al mío con sencillez…

P. 149: Casi grité de entusiasmo: «¡Mira, mamá!», dirigiéndome a Giacomo . Me abrazó, me levantó y me besó: «¡Doble lapsus!Una mujer normal habría dicho: “¡Mira , papá!”»

P. 152: Años después me toparía por casualidad con el dosier que el gabinete de cazadores de talentos había suministrado al consejo de administración y que había sido decisivo para mi contratación… decía que yo carecía… de cualquier competencia financiera y de una preparación universitaria especifica, pero se basaba en tales carencias para ensalzar mis inmensas capacidades para rodearme de la gente adecuada, mi ausencia de susceptibilidad, mi gusto por el esfuerzo, etc.

P. 155: Una amiga […] me dijo un día […]: «La cincuentena es la vejez de la juventud, mientras que la sesentena es la juventud de la vejez.»

P. 157: Es una época ligada a la sensación de que los hilos de mi vida, muy ceñidamente trenzados mientras Giacomo vivió conmigo en la calle Monsieur-le-Prince, se soltaban y se deshacían, uno tras otro. Quedaba el fuerte vínculo que mantenía con mi trabajo y el que me unía a Francia y a la lengua francesa. Decididamente, ésos habrán sido los puntos de apoyo de mi vida.

p. 172: Vivo aquí [en Atrani] más de seis meses al año. Me reúno con Giacomo en Milán cuando comienza a llover de verdad y los días se hacen demasiado cortos. En otoño, pasamos quince días en París: paseos, inspecciones de reconocimiento y, a veces, buenas sorpresas. El desahogo económico permite que el final de la vida sea placentero si conseguimos no asfixiarnos de nostalgia.

p. 174-176: Siempre me ha asustado la pasión amorosa […] No me he olvidado de Pierre […] tenía once años y yo nueve o diez, creo: no paraba de decirme que me amaba, que se casaría conmigo cuando fuéramos mayores. Yo le decía que, cuando fuera mayor […] que no pensaba casarme, que todas las aventuras que me aguardaban me impedirían hacerlo […]

-Y, entonces, ¿si me amaras qué harías?

-Por ti, cualquier cosa.

-¿Podrías comerte esta lombriz?

-Sí.

Se la ofrecí […] Pierre se tragó la lombriz[…] Me quedé horrorizada. Había provocado algo espantoso. Yo era un monstruo[…] El amor era una catástrofe. El amor hacía cometer horrores. Nunca querría saber nada de eso.

[…]

Es un hándicap: nunca supe lo que era ser «una enamorada», eso que generalmente llamamos, con un suspiro, «una gran enamorada». Desde luego, tuve amigas que, en opinión de sus allegados, entraban en esa categoría, pero no puedo imaginarme con claridad qué es lo que significa desde dentro. Mujeres intensas, enormemente sensibles, prendadas por un amor absoluto. Si fuera un hombre con más de treinta años cambiaría de acera, saltaría a un taxi, ¡para mí la libertad! En cambio, si fuera una mujer… Vaya, otra vez empiezo a hablar de las mujeres como si no me concerniera. No consigo superarlo. Bueno, soy una mujer, habrá que admitirlo de una vez por todas; me rebelo instintivamente cuando se me enfrenta a esa evidencia, pero es un error, una debilidad, me declaro culpable. El meollo del asunto tal vez resida en mi poca afición por los toboganes afectivos que las historias de amor llevan aparejados. Pasión, ardores, sofocos, tormentos, lágrimas.

[…] no entiendo que se sufra por sufrir.

Mi forma de amar es primitiva: posible o imposible, gloriosa o trágica. Los estados intermedios me parecen superfluos…

P. 178: Cuando me instalé aquí [en Atrani], durante algunas semanas tuve la pretensión de «ser útil». Intenté poner en marcha actividades para niños y adultos, eventos culturales […] Pero nada funcionó realmente […] A posteriori, a mí misma me pareció estrafalaria la idea de adaptar a Shakespeare en una pequeña localidad habituada a los comadreós, lo gritos y los helados de limón. Me amoldé y cogí el ritmo adecuado: aquí todo se hace o deshace sin que intervenga la voluntad de nadie.

P.181: … Compruebo que uno de los problemas de la vejez, salvo en caso de enfermedad o de reblandecimiento cerebral, es que envejecimos jóvenes e, incluso, morimos jóvenes. La juventud regresa como un chorro de aire cálido porque la presión social se evapora

P. 182: Sentada en mi mesa del rincón conectado de la plaza, todas las tardes […] me entrego a mi placer del momento: la búsqueda en Internet. Para mí, ahora hay pocas cosas tan entretenidas […] El mecanismo de los motores de búsqueda es el mismo que el de la memoria. Un ovillo monstruoso. Hay que tirar de los hilos adecuados, lanzar asociaciones de palabras, invertilas, desplazarlas enriquecerlas; y luego anudar y trenzar. Aprender a sobrevolar los resultados repetitivos, y reactivar la búsqueda cuando se obtiene algo interesante o realmente nuevo. Cuanto más se investiga, más novelesco resulta. Avanzas a través de un bosque frondoso…

P. 191: No habré escrito ninguna coma de la Historia, nada habrá alterado ni añadido mi existencia al destino del mundo […]

Pero este mundo lo habré mirado mucho.

Más sobre el libro

Libros de la autora en nuestro Centro de Documentación

Por ahora este título es el único que ha publicado la autora.

El vino de la soledad, de Irène Némirovsky

Sesión 37 (jueves 13 de junio de 2013)

irene-nemirovsky

Irène Némirovsky (Kiev, 1903 – campo de concentración de Auschwitz, 1942)


vino-soledadEl vino de la soledad / Irène Némirovsky. — Barcelona : Salamandra, 2011. — 221 p.

Resumen: De carácter marcadamente autobiogáfico, recrea el destino de una adinerada familia rusa refugiada finalmente en París, describiendo la compleja relación de una hija con su madre, motivo que la escritora ya había tratado en El baile. Con una mirada inteligente y ácida, la novela sigue a la pequeña Elena de los ocho años a la mayoría de edad, desde Ucrania hasta San Petersburgo, Finlandia y finalmente París, donde la familia se instala tras el estallido de la revolución rusa, en un recorrido paralelo al que realizó la propia Némirovsky.

Nota: El lote de veinte ejemplares de este libro ha sido prestado por el Centro Andaluz de las Letras por pertenecer nuestro grupo de lectura a la Red Andaluza de Clubes de Lectura.

Valoración

Como con el resto de sus libros, esta autora no defrauda.

A destacar la fuerza de Elena, personaje principal y trasunto de la propia autora, que, tras imitar en parte los comportamientos de sus mayores y ver que eso no le hace sentirse bien, logra liberarse del pasado y optar por una nueva vida propia .

También se comentó que lo que hizo más daño al personaje real fue el desprecio de que fue objeto por parte de su madre cuando era niña y la falta de modelos positivos dentro de su familia.

Finalmente destacar lo precioso de la escritura de esta autora, que llevó a una componente del grupo a leer el párrafo con el que se inicia la novela:

“En la región del mundo donde había nacido Elena Karol, el atardecer se anunciaba con una espesa polvarde que giraba lentamente en el aire y luego volvía a posarse en la tierra con el relente nocturano. Una turbia luz rojiza vagaba por la franja inferior celeste. El viento llevaba  a la ciudad los aromas de las llanura ucranianas, un tenue y acre olor a humo y la frescura del agua y los juncos que crecían en las márgenes del Dniéper. El viento procedía de Asia. Pasaba entre los Urales y el mar Caspio y levantaba olas de un polvo amarillento que crujía entre los dientes. Áspero y cortante, llenaba el aire de un sordo fragor que se alejaba hacia el oeste. Luego todo volvía a la calma. Apagado y sin fuerzas, el sol poniente se hundía en el río, velado por una nuebe lívida.”

Libros de la autora en el Centro de Documentación María Zambrano