Concha Méndez: memorias habladas, memorias armadas, de Paloma Ulacia Altolaguirre


Sesión 89 (14 de mayo de 2019)Concha Méndez (Madrid, 1898- México, 1986)

Concha Méndez: memorias habladas, memorias armadas / Paloma Ulacia Altolaguirre; presentación de María Zambrano. — Sevilla : Renacimiento, 2018.– 208 p.

“La poeta Concha Méndez (1898-1986) fue una personalidad muy dinámica que con su energía y su creatividad destacó en varios de los capítulos más emblemáticos de la vida cultural española del siglo XX. Novia de Luis Buñuel, amiga de Maruja Mallo y Salvador Dalí, discípula de Rafael Alberti y Federico García Lorca, ella fue una figura muy conspicua en el mundo de la vanguardia artística de los años veinte, mientras que en los años treinta, coincidiendo con su matrimonio con Manuel Altolaguirre, entró a formar parte de la generación del 27, colaborando con su marido en la edición de revistas tan importantes como Héroe, 1616 y Caballo verde para la poesía. Sin embargo, si la vida de Concha Méndez merece ser recordada no es tanto por su amistad con tal o cual figura famosa, sino más bien por su propia historia de emancipación. Una historia de independencia ejemplar que en estas Memorias habladas es recogida con gran afecto, pero también con mucha gracia, por su nieta Paloma Ulacia Altolaguirre, al armar el relato de cómo su abuela fue liberándose de los tabúes del mundo en que había nacido para ir creando poco a poco –en poesía, pero también en teatro– un mundo propio, a la altura de su experiencia y a la medida de sus deseos.”

(Lote de 20 ejemplares del libro disponible para su préstamo en el Centro de Documentación María Zambrano, del Instituto Andaluz de la Mujer)

Valoración

“Uno nace para cumplir un destino determinado y la vida se encarga de ir poniendo a nuestro paso circunstancias y gentes que nos ayudan a cumplirlo…”, dice Concha Méndez al principio del capítulo III de estas preciosas memorias. Y desde luego que ella cumple su destino de poeta -y dramaturga- y persona fundamental del mundillo cultural de su época a pesar de las dificultades que tuvo que afrontar para ello.

Todas las componentes del grupo estuvimos de acuerdo en la reunión al respecto. Y, como más o menos vino a decir una compañera, cuando comenzamos a leer los distintos recuerdos vertidos en las memorias es como si abriéramos botes de deliciosa mermelada; esta compañera destacó, además, la exquisita presentación de la obra de la mano de María Zambrano, la filósofa que da nombre a nuestro Centro de Documentación que también sufrió el exilio americano, al igual que Concha Méndez.

También se dijo en la reunión que las menciones en el libro a la Guerra Civil española nos habían recordado ‘Celia en la revolución‘, de Elena Fortún, otro libro fundamental que tuvimos la ocasión de leer en el grupo hace un tiempo de una autora que compartió con Concha Mendéz muchas vivencias, como puede ser su participación en el Lyceum Club Femenino de Madrid o la experiencia del exilio republicano.

Esto me lleva a mencionar la magnífica labor de recuperación que está realizando la editorial sevillana Renacimiento de obras de autoras españolas esenciales del siglo pasado no suficientemente conocidas y/o valoradas todavía, como son el libro que nos ocupa y el de Elena Fortún mencionado en el párrafo anterior. Con un cuidado de la estética que hace sus ediciones aún más atractivas.

Un libro, pues, de lectura imprescindible que nos acerca a nuestra historia reciente de la mano de esta ‘sinsombrero‘, una mujer fuerte, valiente, rebelde, resiliente, divertida, sensible, solidaria, intuitiva, moderna, libre… que, además, supo rodearse de lo más granado de la época y los lugares que le tocó vivir.

Y como muestra de ello, aquí compartimos unas citas de la obra para abrir boca…

Citas

P. 7-8 [de la Presentación de María Zambrano]: La risa y el misterio juntos era siempre ella. Se esperaba que dijese más cuando ya lo había dicho todo. Era una mujer con arrojo y también con algo de misterio que no conseguía del todo ocultar.

Había mucha alegría, mucha inventiva, mucho hacer algo maravilloso sin nada, que es el arte supremo.

P. 14-15 [del Prólogo de Paloma Ulacía Altolaguirre]: … Después de la guerra se quedó al margen, desilusionada de todo. Al reflexionar sobre la guerra misma, comprendió que los españoles habían sido víctimas de una trampa impuesta por el exterior, que bajo pretexto de defender ideales se habían asesinado entre hermanos, amigos y vecinos. Sumada a esta desesperanza, a esta tristeza por haber visto tanta muerte, estaba la misoginia de sus contemporáneos…

Los exiliados, sobre todo los hombres porque las mujeres se asimilaron a la vida cotidiana, siguieron con sus antiguos pleitos entre partidos políticos, en tertulias, en cafés; continuaron siendo víctimas de las ideologías, tan intransigentes como lo fueron durante la guerra, aunque en el exilio sin que el exterior les facilitara las armas para matarse. Y Concha Méndez estaba en contra de cualquier discusión política que atentara contra la integridad moral y física de las personas. La guerra le dio esa lección. Desilusionada de la humanidad asumió su exilio con dignidad, adaptándose a su nueva realidad…

P. 16: … pasé mi adolescencia viendo gente que llegaba a nuestra casa a visitarla para preguntarle sobre sus contemporáneos. No recuerdo que fuera nadie a preguntarle quién era ella.

P. 17: Con el tiempo comprendí que lo que le interesaba era subrayar que a pesar del sufrimiento había vivido como quiso vivir y que, por lo tanto, no cambiaría su destino por otro ni por el de nadie más…

P. 24: … Recuerdo la visita de un amigo de mis padres. Al presentarnos al señor, éste preguntó a mis hermanos: «Pequeños, ¿qué queréis ser de mayores?». No recuerdo lo que contestarían, pero viendo a a mí no me preguntaba nada, teniendo toda la cabeza llena de sueños, me le acerqué y le dije: «Yo voy a ser capitán de barco». «Las niñas no son nada», me contestó…

P. 25: … A nosotras, las niñas, nos enseñaban en la escuela materias distintas a las que aprendían los niños; a ellos ellos los preparaban para que después siguieran estudios superiores; nosotras, en cambio, recibíamos cursos de aseo, economía doméstica, labores manuales y otras cosas que nos harían pasar de colegialas a esposas, mujeres de sociedad, madres de familia…

P. 32: Pienso sólo en contar anécdotas y no en buscar una interpretación de mi vida. La autobiografía la dejo para las personas mayores. Y es que me olvido que soy vieja. Sólo cuando miro mi cuerpo recuerdo que tengo edad; pero hace muchos años que no me miro al espejo y así vuelvo a mi juventud…

P. 38: Tengo un concepto de la vida extraño, bueno, no es extraño, es mío. Creo que no es concepto, es algo que he aprendido viviendo. La vida es un camino…

P. 40: … Copiaba reproducciones de cuadros, que transformaba cambiando la posición de las cosas, la dimensión, los colores; mientras pintaba, cantaba. De todos los cuadros que hice, mi familia no guardó ninguno: creían que, por haber sido pintados por una mujer, no tenían valor; en realidad, no lo tenían, pero era doloroso el desaliento de mi medio ambiente.

P. 42: … Al soñar, no dejamos de vivir; en el sueño llevamos una vida enteramente surrealista. Hay personas, como yo, que tenemos el inconsciente muy cerca, y en la vigilia nos comportamos como si estuviéramos soñando… Buñuel… en París… le pasó lo que, a cualquiera, al encontrarse libre: se descubrió…

P. 43:… Lo que yo quería era viajar. La mayoría era dada a las mujeres a los veinticinco años; la tenía y era tiempo de emanciparme de la familia y del medio. Sin embargo, para liberarme me hacía falta una preparación, primero descubrirme, para luego entrar con solidez en las nuevas aventuras. Empecé interesándome por la política y poniendo en duda todos los aspectos de mundo en el que me había movido hasta entonces. La gente que me rodeaban la había conocido en los bailes, jugando al tenis, o en las corridas de toros. Todos estos amigos se resumían en el aforismo de Balzac: «La vida elegante es el arte de no hacer nada». Deseaban solo vagar y divertirse. Tenían educación para el trato y las buenas costumbres, porque en la escuela nos preparaban para hacer un buen papel en la sociedad. Maruja Mallo, que proponía liberar las reacciones primarias, la espontaneidad, decía que todos esos buenos tratos y buenas costumbres no eran más que mala educación,. Decía que el colegio nos condicionaba a ser unos hipócritas.

P. 45: … Me hubiera gustado ir a la Universidad. Un día acudí de oyente a un curso de literatura geográfica… Volví muy contenta a casa. Entré. Mi madre hablaba por teléfono y me llamó: «Venga usted aquí. Al acercarme, me dio con la bocina en la cabeza. Me dio porque se había enterado por un hermano de mi presencia en la universidad. Me abrió la sien y me salió un chorro de sangre; del golpe sentí que se me había ido Dios a quién sabe dónde…Ya era mayor de edad y pisar la universidad era imposible.

P. 48: … había conocido a la pintora Maruja Mallo y empecé a salir con ella por Madrid. Íbamos por los barrios bajos, o por los altos, y fue entonces que inauguramos un gesto tan simple como quitarse el sobrero…

P. 49-50: En 1926 se fundó en Madrid el Liceo Club Femenino. Era una asociación de señoras que se preocupaban por ayudar a las mujeres de pocos recursos, creando guarderías y otras cosas. Pero sobre todo era un centro cultural con bibliotecas y un salón para espectáculos y conferencias. Yo fui una de las fundadoras… Dentro de las conferencias que organizamos, una vez invitamos a Benavente, que se negó a ir, inaugurando como disculpa una frase célebre del lenguaje cotidiano: «¿Cómo quieren que vaya a dar una conferencia a tontas y a locas?»…

P. 53: … Maruja me pintó un cuadro precioso. Estaba envuelta en un mantón de Manila y reclinada en un sillón; a mis pies, libros con portadas de colores y a mis espaldas, una terraza con fondo de cipreses..

P. 60: Algunas veces nos acompañaban los hermanos sordomudos de Pilar [Zubiaurre]. Me entendía mejor con el que estaba soltero. Por medio de gestos, de mímica, me explicaba que el interior del hombre es un laberinto, una serie de habitaciones, por las que se tiene que pasar primero una, luego otra, y así, igual que las muñecas rusas, se va destapando el interior, los años, el pasado; expresaba cosas muy profundas. A su lado me sentía en una película muda.

P. 95-96: Nuestra vida [de Manuel Altolaguirre, su esposo, y ella] era sedentaria pero rica, porque no hay mejor manera de leer poesía que dejando caer las letras, una a una, sobre la plancha.
Ya dije que alrededor de nuestro trabajo estaban nuestros amigos que iban a ver las impresiones todos los días. Estoy segura de que fue fundamental el trabajo editorial que Altolaguirre empezó con Emilio Prados en la revista Litoral, y que después continuó conmigo, para que el grupo de amigos llegara a formarse como Generación del 27…
Editábamos sólo poesía, porque Manolo y yo trabajábamos solos en la imprenta, nos hubiera sido imposible incluir ensayos o cuentos. Él era el tipógrafo y yo, vestida de mecánico, la fuerza que hacía girar la imprenta…

P. 103-105: … Por lo visto, España fue utilizada para discutir y plantear problemas ajenos a ella. Por un lado, los nazis habían comprado a los militares encabezados por Franco, y por otro, se infiltró la ideología estalinista. Ellos pelearon entre sí y a nosotros no confundieron. Los españoles peleaban entre hermanos y todos perdimos, en ambos lados se cometieron horrores e injusticias…
Habíamos citado a unas personas en el café de la Granja del Hernar y mientras los estábamos esperando, cayó una bomba en la Cibeles. Aquel estruendo creó tal terror entre la gente que el café se vació y todos salimos corriendo… Ese mismo día se empezó a escuchar una voz salida de no sé dónde, de un altavoz oculto en la ciudad, una voz que decía: «¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!». Después esa misma voz se empezó a propagar la radio y por todas partes… Cuando se pasaba enfrente de las embajadas de Alemania y d Italia, desde adentro del edificio disparaban a quien cayera, a cualquiera que pasara, para provocar desorden y terror. Lo mismo sucedía en las iglesias, los curas con un fusil tiraban a la gente que pasara por la calle…
Los anarquistas hacían unos desastre terribles en las casas; entraban en todas aquellas que parecían tener algo de valor, saqueándolas y aterrizando a las familias… En cambio, los comunistas eran más ambles. Estábamos aterrorizados…

P. 112: … Al llegar a Haití, tuvimos que bajarnos del barco y ver aquella isla, con sus perros famélicos … Y luego, en el mercado los vendedores no tenían cambio … porque la miseria era tan grande que nunca vendían nada … Y como contraste, se veían los potentado por la calle, todos muy bien vestidos en lino blanco, pasaban indiferentes antes esa realidad de la que eran culpables.

P. 138-139: … Fue pasando el tiempo sin nada importante en mi vida hasta que un día Manolo salió de viaje a Madrid y a París… Ya dije que aunque no vivía con nosotros, todas las mañanas de todos los días venía a vernos… Un día antes de que saliera de viaje, vino a despedirse y salí a acompañarle a la puerta. Subió al coche y detrás de los cristales me dijo adiós con la mano: «Adiós». Aquel gesto con los dedos me recordó un sueño que tuve sobre mi madre poco antes de que muriera. Soñé que mi hermana y yo íbamos con ella viajando en un vagón de tercera. Cuando llegamos a la estación, descienden ellas y yo me quedo para bajar el equipaje; ya en el andén, veo que mi madre desaparece y aparece en un vagón de primera, diciéndome, tras un vidrio, con un gesto de mano: «Adiós». Aquel adiós de Manolo me horrorizó. A los veinte días recibimos la noticia telefónica de que se había accidentado en un automóvil viajando por España. La mujer con la que iba murió instantáneamente y él quedó mal herido… Mi marido muerte el 27 de julio, el día de mi cumpleaños.

P. 152-154: Si de volver se tratara, volvería siempre a los recuerdos de infancia. Pero ahora voy a hablar de mi juventud, de un viaje que hice a una región de España que se llama Las Hurdes. Viajé a aquella región …. acompañando a una de las doncellas que trabajaban en casa.
Aquel viaje me transformó el mundo, me abrió a la realidad de las doncellas, aquellas que nos servían, que sabían todo acerca de nosotros, mientras que nosotros desconocíamos su origen, la miseria y la cueva en la que habían nacido. Y al conocer la injusticia, me volví mejor.

P. 147-148: Caí. Decía que caí en una depresión. Me tendí en la cama para morir… Llegó mi hija,. No, fue mi nieto mayor, que me agarró por los hombres, y con mi voz sin peso le dije: «Me he suicidado» … Finalmente fui a parar a la sección psiquiátrica del Sanatorio Español. Me vaciaron el estómago … Empezaron a dosificarme el antidepresivo y me sentí mejor. Cuando apareció en las librarías mi Antología poética … y me llevaron al sanatorio el libro comprendí que mi vida estaba llena de estímulos y me dieron gana de vivir.
Aquel placer de volver a la vida se contrataba con el sufrimiento de las personas que conocí en el psiquiátrico. Conocí a muchas mujeres, porque mi temperamento atrae a los infelices y a los introvertidos que quieren contar su vida. Con cualquier persona puedo hablar; siento el mismo interés por la vida de mi lavandera, que por la vida de la señora de negocios que se instala durante el verano en un pabellón de lujo del hospital psiquiátrico… Al mes volví a casa. Y debe de haber sido la misma voluntad del destino que me impidió morir la que me hizo ver lo que hacía años no veía. Cuando se llega a viejo se tiene la necesidad de levantarse en la madrugada para ir al baño, yo me levanté la noche de mi llegada y vi un amanecer precioso y de cerca el jardín. Por todo esto que veía, me entró de golpe una gana de continuar, un anhelo de vida, una alegría por despertar cada mañana.

P. 154: … Ahora quiero citar un poema que publiqué en Buenos Aires porque representa un estado de ánimo frecuente en mí:

Al nacer cada mañana,
me pongo un corazón nuevo
que me entra por la ventana…

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