Apegos feroces, de Vivian Gornick


Sesión 78 (6 de febrero de 2018)

Vivian Gornick (Bronx, Nueva York, 1935-  )

Apegos feroces / Vivian Gornik. — Madrid : Sexto Piso España, 2017.– 195 p.

“Pocas veces en la literatura se ha retratado de manera tan humana, vital y honesta la relación entre una madre y su hija como en Apegos feroces, las memorias de la escritora y activista Vivian Gornick, publicadas ahora por primera vez en español desde que vieran la luz en inglés en 1987.

Gornick, una mujer madura, camina con su madre, ya anciana, por las calles de Manhattan, y en el transcurso de esos paseos llenos de reproches, de recuerdos y complicidades, va desgranando el relato de la lucha de una hija por encontrar su propio lugar en el mundo. Desde muy temprano, Gornick se ve influenciada por dos modelos femeninos muy distintos: uno, el de su madre, una mujer neurótica, terca e inteligente que dedica toda su energía al cuidado de su familia, que coloca el amor en el centro de su existencia y renuncia a cualquier otro ideal; el otro, el de Nettie, la joven vecina apasionada, inexperta y dependiente, viuda y madre de un bebé, que sólo se siente segura frente a los hombres, consciente de que es sensualidad en estado puro. Ambas, figuras protagónicas en el mundo plagado de mujeres que es su entorno, representan modelos que la joven Gornick ansía y detesta encarnar, y que determinarán su relación con los hombres, el trabajo y otras mujeres durante el resto de su vida.

Ésta es la historia de un vínculo delicado y fatigoso, de un nexo que define y limita al mismo tiempo, pero también es el retrato de una sociedad y una época, y una extensa meditación sobre la experiencia de ser mujer.”

(Lote de 20 ejemplares del libro disponible para su préstamo en el Centro de Documentación María Zambrano, del Instituto Andaluz de la Mujer)

Valoración

Calificativos que se le dedicaron a estas memorias en la reunión del grupo de lectura: honesto; con estilo y ritmo; visión de género; feroz; implacable; honesto -otra vez-; complejo; elaborado; atento a los detalles, a los matices; cercano, con vivencias que podrían ser de hoy; muy analítico; bien escrito, belleza en cada frase; expresivo, muy buenas descripciones; con fuerza literaria, psicológica, espiritual; libro feminista; crítica del orden patriarcal…

Yo agregaría que se trata de un libro de una sinceridad feroz.

El libro se centra fundamentalmente en la relación de la autora con su singular madre, mostrando el amor de la hija por la madre pero también su rechazo ante ciertos comportamientos de la misma, la incapacidad de que el amor de la hija llene la vida de la madre, la ausencia de modelos femeninos válidos para la generación de mujeres a la que pertenece la autora -véase la cita de la página 112-, la falta de estímulos de las mujeres de generaciones anteriores a las de la autora que se veían forzadas a centrar sus vidas en el matrimonio y el hogar, la valentía y el esfuerzo de algunas de estas mujeres -como es la madre de la autora- para que sus hijas tuvieran acceso a los estudios superiores que a ellas le habían sido negados, etc.

Y también tienen una presencia importante en el libro las relaciones de la autora con diversas parejas masculinas, a las que en definitiva no parece tener en gran aprecio -ver la cita sobre los hombres de las páginas 129 y 130 en la que se menciona a Mary McCarthy, prestigiosa autora norteamericana de la que en su día leímos el interesantísimo libro El grupo-.

Todo ello mezclando las vivencias del pasado, cuando la autora era niña y la familia vivía en un edificio del Bronx, con los paseos de la madre y la hija en la actualidad -de cuando se estaba escribiendo el libro- por la sugerente ciudad de Nueva York.

En definitiva, un libro fundamental para todas aquellas personas que desean encontrar verdad y vida -con sus luces y sus sombras- en sus lecturas.

Y para muestra abajo se recogen abundantes citas del libro, prolijas sí, y aún así me ha costado elegir pues tenía bastantes más señaladas.

Citas del libro

P. 16: “Mi madre y yo hemos salido a dar un paseo. Le pregunto si recuerda a las mujeres de aquel edificio del Bronx.
-Cómo no -responde.
Le digo que siempre he pensado que la rabia sexual era lo que las hacía estar tan locas.
-Totalmente -afirma…

P. 17: “La relación con mi madre no es buena y, a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora. Estamos atrapadas en un estrecho canal de familiaridad, intenso y vinculante…

P. 21-22: “El portero y su mujer tampoco eran muy habladores. Nunca se dirigían de primeras a nadie. Eso es lo que conlleva, supongo, ser unos pocos entre otros muchos: te quedas silenciado.

P. 26: “… Sus incesantes comentarios sobre la vida al otro lado de la ventana me permitieron degustar por primera vez los frutos de la inteligencia: sabía cómo convertir el cotilleo en información. Oía una voz elevarse una nota y hacía la siguiente observación: «Esta mañana discutió con el marido». O bajar una nota, y entonces era que «se le ha puesto el niño malo». O interceptaba un diálogo a toda prisa y a partir de él diagnosticaba el enfriamiento de una amistad. Esta habilidad suya me transmitía bienestar y me arrancaba emoción. La vida parecía más plena, más intensa y más interesante cuando mi madre otorgaba sentido a la actividad humana que transcurría en el callejón. Durante aquellos instantes, sentía una conexión viva entre nosotras y el mundo que existía tras la ventana.

P. 26-27: “Así era su existencia: allá en la cocina tenía claro quién era, allá en la cocina se mostraba infatigable pero también se aburría, allá en la cocina se desenvolvía de una forma endiable, allá en la cocina sentía desprecio por sus quehaceres. Se enfurecía por «el vacío de la vida de las mujeres», como decía ella, y al instante se echaba a reír con un placer que todavía resuena en mis oídos al analizar cualquier acontecimiento enrevesado que tenía lugar en el callejón…

P. 33: “El amor que le profesaba a mi padre tenía … propiedades milagrosas: no sólo compensaba el hastío y la ansiedad que sentía mi madre, sino que era la causa de ambos. Incontables frases que tenían que ver con todo lo que le satisfacía en la vida comenzaban igual: «Créeme, si no quisiera tu padre»…

P. 42: “… La gente y sus enseres parecían evaporarse de un apartamento y otros ocupaban si más su espacio. Qué pronto capté la naturaleza circunstancial de la mayoría de los apegos. Al fin y al cabo, ¿qué más daba si al vecino de al lado lo llamábamos Roseman, Drucker o Zimmerman?…

P. 75: “… Mi sitio estaba con mamá. Con ella la cosa estaba clara: me costaba respirar, pero me sentía segura.”

P. 84-87: “… me encontré a Dorothy Levinson por la calle…
Dorothy Levinson. Tan bella que al verla te daba un vuelco el corazón. Ahí estaba, con cincuenta años, delgada, adorable, rebosante de agudo ingenio judío y un cariño que se reflejaba en las arrugas de sus ojos, con una cara tan parecida a la de su madre a esa edad: tierna y bondadosa, levemente desconcertada, levemente triste.”
… ¡Y Davey! ¿No te apetece saber qué es de él? ¡Lo de Davey es prodigioso! ¿A quién se le hubiese pasado por la cabeza que mi hermanito iba a salir tan espiritual!

Si Davey se hubiera marchado de vuestra casa de Essex Street a los dieciocho, hoy en día no sería tan espiritual -dije-. Lo que busca es un modo de ordenar su vida y no posee las herramientas para hacerlo. Por eso se ha vuelto religioso. El hecho de que sea rabino en Jerusalén es un síntoma de lo perdido que está, no de cómo se ha encontrado a sí mismo.

P. 99: “… Todo el mundo sabía que esta mujer no iba a ningún lado, que caminaba por caminar, para sentir el efecto que causaba en la calle. Sus andares acentuaban las carnes ocultas bajo la ropa. Iba declarando: «Este cuerpo tiene el poder de despertar tu deseo»… Los hombres y las mujeres la ansiaban por igual. Era horrible. Yo percibía cómo iba despertando pasiones, peso esas pasiones parecían vinculadas al castigo, no al privilegio. La manera en que la gente la miraba -la crueldad de los hombres, la rabia de las mujeres- me daba miedo. Sentía que se hallaba en peligro. Nettie caminando por la acera se entretejió con la tela de mis primeras angustias.

P. 105: “Mamá y Nettie se pelearon y yo entré en el City College. En la memoria de mis sentimientos ambos sucesos… inauguraron un conflicto abierto, ambos fueron vividos como subversivos y beligerantes… me separó de las dos, provocó y alimentó una vida no compartida dentro de mi cabeza que se convirtió en un acto de traición. Vivía entre los míos pero había dejado de ser uno de ellos.
Creo que esto nos sucedía a la mayoría de los que íbamos al City Collegue. Seguíamos usando el metro, seguíamos recorriendo las calles de costumbre entre clase y clase, seguíamos volviendo a nuestros barrios al acabar el día, hablábamos con nuestros amigos del instituto y nos acostábamos en nuestras camas de siempre. Pero en secreto habíamos comenzado a vivir en un mundo dentro de nuestras cabezas, donde leíamos, hablábamos, pensábamos de una manera que nos diferenciaba de nuestros padres, de la vida doméstica y de la calle…

P. 112: “Sabía que enseñarme a ser una seductora de hombres conllevaba un peligro, pero el peligro no era su campo. Su campo era prepararme para, entre las dos, sacarme el mayor provecho posible en la vida. Huelga decir que si me convertía en la beldad del edificio corría el riesgo de ser violada y de quedarme embarazada, pero así eran las reglas del juego, ¿no? Una chica tiene que ser sensata. Saber dar lo mínimo posible para sacar lo máximo posible…
Pero nada de esto arraigó en mí…. Definitivamente, no era capaz de recordar la forma de vestirme y comportarme eran las herramientas de aquel oficio, instrumentos de futuro provecho, un medio fundamental para lograr la imagen que traería a mi esfera de influencia al hombre que podría proporcionarme tanta vida y mundo como tenía derecho a esperar…
¿No era mi madre igual cuando me decía con cada aliento que exhalaba: «La vida e insoportable sin un hombre al lado»? ¿Y no me estaba diciendo Nettie en realidad: «Lo hombres son un asco pero tienes que cazar uno»?… El mensaje estaba abierto… «Si no consigues un marido, eres tonta». «Si consigues uno y lo pierdes, eres inepta». Sabía, de modo inconsciente, que ésta era una vedad innegociable. Pero era incapaz de prestarle atención…
En aquel momento, había sólo dos cosas que reclamaban mi interés: hablar de libros e ideas en la facultad y excitarme mientras me besaba con Paul, Ralpf o Marty en el portal… Todas nos entregábamos a nuestros placeres. Nettie quería seducir, mamá quería sufrir y yo quería leer. Ninguna de nosotras sabía cómo imponerse una disciplina que condujese a la consecución de una vida femenina ideal y corriente…
A pesar de todo, nunca nos libramos de la idea de una vida así y día a día, mes a mes y año tras año, nos sumíamos cada vez más en el conflicto. Era un hecho que cuanto más inseguras nos setíamos, más superiores moralmente nos creíamos. Cada una de nosotras necesitaba sentirse especial, diferente, destinada a un fin superior. Divididas entre nosotras, nos negábamos el apoyo mutuo…

P. 129-130: “Yo no salía por los bares del otro lado de la avenida Shattuck, pero bastante a menudo me las arreglaba para encontrar hombres con esa combinación de vulnerabilidad y fortaleza necesaria para desprender atractivo sexual. Nunca alcanzaba, claro está, la satisfacción plena. En esas relaciones siempre había algo que no funcionaba. Mary McCarthy había escrito acerca de los hombres de los que sus sosias en la ficción se habían enamorado: si eran inteligentes, resultaban poco agraciados; si eran viriles, resultaban estúpidos. Dicha ecuación la interpretábamos, tanto yo como muchas de mis amigas, como un conocimiento ganado a pulso. Citábamos a McCarthy entre nosotras en tono triunfal. Su elegante prosa elevaba nuestra condición desde el nivel de la queja hasta el de verdad inmutable.

P. 134-135: “Stefan y yo regresamos a California y nos dispusimos a conventir en un hogar un piso de cinco habitaciones… Por vez primera comprobamos lo ajenos que éramos el uno al otro. Yo no tenía ni una pizca de espíritu bohemio en mi cuerpo y él no tenía ni una de conformismo. Yo no soportaba la incoherencia en mi entorno físico, él no soportaba una habitación que pareciera acabada. Yo apreciaba la claridad de pensamiento, a él le atraían las revelaciones místicas. Cada día nos traía largos momentos de desdicha de los que tardábamos horas en recuperarnos. Cada noche nos llevábamos a la cama nuestra confusión, nuestro anhelo, nuestra intensidad paralizante. Sólo en contadas ocasiones nos brindaron alivio nuestros cuerpos, y sólo durante apenas una hora. Fue mi primera experiencia de amor sexual como método de catarsis, en la que una se despierta tan sola a la mañana siguiente como se había acostado la noche anterior.

Fue en la cocina donde empecé a comprender el significado de la palabra «esposa». Allí estábamos, una pareja de veinticuatro años: un día éramos una estudiante de doctorado y un artista, y al día siguiente éramos marido y mujer. Antes siempre habíamos puesto juntos sobre la mesa las rudimentarias comidas que tomábamos. Ahora, de pronto, Stefan estaba cada noche en su taller… y yo estaba en la cocina, esforzándome por preparar y servir una comida que ambos pesábamos que debía ser adecuada. Recuerdo pasarme hora y medida preparando algún espantoso plato… para terminar engulléndolo los dos en diez minutos, pasarme después una hora limpiando los cacharros y quedarme mirando el fregadero, pensando: «¿Será esto así durante los siguientes cuarenta años?».

P. 174: “Joe y yo alzamos nuestras copas. Todos bebimos. Joe peroraba mientras mamá y yo emitíamos los sonidos femeninos convenientes («¡Qué maravilla!», «¿De verdad?», «¡Es estupendo!»)…

P. 180: “-Dices eso porque te has pasado la vida entre gente que considera el matrimonio primordial. Las humillaciones que los hombres y las mujeres soportan dentro del matrimonio son menos importantes para vosotros que el matrimonio en sí…

P. 185: “Un peso triste y callado se cierne sobre mi madre aquella noche. Hoy está muy guapa -su cabellos suave y blanco, su piel suave y lisa, el cutis marchito que vuelve a resplandecer-, pero los años se arrastran en su interior y en sus ojos veo el desconcierto, el persistente desconcierto.
-Toda una vida pasada -dice con voz queda.
Mi dolor es tan grande que no me atrevo a sentirlo.
-Exacto -digo sin énfasis-. No vivida. Sólo pasada.
La blandura de su rostro se endurece y se le marcan los rasgos. Me mira y, con voz apesadumbrada, dice en yiddish:
-Eso vas a escribir: «Desde el comienzo ya estaba todo perdido».

Más sobre el libro

  • “Lo mejor de ‘Apegos feroces’ son las historias del Bronx en pisos llenos de mujeres”, por Isa Calderón [Vídeo] (El País. Librotea, 15 de febrero de 2018)
  • Vivian Gornick, la feminista feroz, por Andrea Aguilar (El País. Babelia , 26 de julio de 2017)
  • Apegos feroces: madre e hija, según Vivian Gornick, por Manuel Hidalgo (Tengo una cita -blog de El Cultural-, 17 de agosto de 2017)
  • Libro destacado en Librotea (1 de enero de 2017)

Libros de la autora en nuestro Centro de Documentación

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