Tea rooms: mujeres obreras, de Luisa Carnés


Sesión doble 74 (10 de octubre de 2017)

Luisa Carnés (Madrid, 1905-1964)

Tea rooms: mujeres obreras / Luisa Carnés ; epílogo de Antonio Plaza.– Gijón : Hoja de Lata, 2016.
248 p.– (Sensibles a las letras ; 24)

“Corren los años treinta en Madrid y las trabajadoras de un distinguido salón de té cercano a la Puerta del Sol ajustan sus uniformes para comenzar una nueva jornada laboral. Antonia es la más veterana, aunque nunca nadie le ha reconocido su competencia. A la pequeña Marta la miseria la ha vuelto decidida y osada. Paca, treintañera y beata, pasa sus horas de ocio en un convento y Laurita, la ahijada del dueño, se tiene por una ‘chica moderna’. Únicamente Matilde tiene ese espíritu revoltoso que se plantea una existencia diferente. Todas trabajan por un salario de hambre y una absoluta falta de expectativas. Están acostumbradas a callar: frente al jefe, frente al marido, frente al padre. Su vida se traduce en esta reflexión de Matilde: “Diez horas de trabajo, cansancio, tres pesetas”. Autora sinsombrero de la Generación del 27, Luisa Carnés escribió esta portentosa novela social rompiendo los esquemas narrativos de la época. Una voz fundamental para acercarnos a la realidad de las mujeres españolas de comienzos del siglo XX.”

(Lote de 20 ejemplares del libro disponible para su préstamo en el Centro de Documentación María Zambrano, del Instituto Andaluz de la Mujer)

Valoración

Las asistentes a la reunión en torno a este libro estimamos que el mismo era absolutamente pertinente para un grupo de lectura como el nuestro, especializado en mujeres y género. Con ello no limitamos, por supuesto, el interés de la obra, ya que su lectura ilustrará de forma amena a todas las personas que quieran conocer el ambiente previo a la Guerra Civil española, con el interés añadido de mostrar la realidad social de la época desde una mirada de mujer, cosa nada habitual en los tratados de historia al uso.

Y es que se trata de una obra llena de realidad, entre otros motivos por estar basada en experiencias reales de la autora, como recoge Carmen Peire en su crónica sobre esta novela en Infolibre (23 de marzo de 2017):

La novela fue escrita entre agosto de 1932 y febrero de 1933… y obedece a un momento de la escritora que, aunque ya había ejercido de periodista y publicado algunos cuentos en los periódicos, tiene que ponerse a trabajar de nuevo como camarera por la falta acuciante de dinero. De esa experiencia sale Tea Rooms. Es por tanto una novela basada en una experiencia vital, que es abordada como una novela social en que nos muestra a diferentes personajes femeninos y en que la protagonista, acaso un alter ego de Luisa Carnés, se llama Matilde.

Abundando en el tema, citar lo que afirma Antonio Plaza en el epílogo del libro de que estamos antes una novela-reportaje, es decir, una novela que habla de la realidad del momento en que se está escribiendo pero presentada en forma de ficción. Esto no le quita calidad literaria a la obra, sobre la que alguna compañera comentó lo bien que presenta a los personajes y las circunstancias personales que les llevan a pensar y actuar como lo hacen.

Desde un punto de vista personal decir que lo primero que me llamó la atención del libro fue su título, cómo en el mismo se juntaba ‘tea room‘ con la denominación de ‘mujeres obreras’, aunque leyéndolo esta combinación ‘semántica’ cobra todo el sentido, ya que el hecho de que los personajes de la obra trabajen en un medio tan amable como podría ser, en principio, un salón de té, esto no hace que sus condiciones laborales sean mejores que las de las obreras de un taller o una fábrica de la época.

Eso mismo me había pasado que con el libro ‘Celia en la revolución‘, de Elena Fortún (por qué ‘en la revolución’ y no ‘en la guerra civil’, me pregunté en su momento, si bien lo comprendí perfectamente al ver qué poca gente desde posiciones, en principio, republicanas se había enfrentado al conflicto con intenciones puramente de defensa de la democracia parlamentaria), otra novela que ilustra maravillosamente sobre nuestro pasado reciente, a la que, por cierto, la obra que ahora nos ocupa complementa a la perfección pues hace si no justificar sí al menos entender el enconamiento, a veces nada racional por decirlo de forma suave, del pueblo contra la burguesía explotadora.

Otra cosa que puede, en cierto modo, sorprender del libro es su calidad literaria -anteriormente mencionada-, dado que estamos hablando de una autora sin estudios reglados, formada a sí misma ya de joven robándole tiempo a las pocas horas de descanso que le permitían trabajos de horarios demenciales y, por supuesto, de muy escasa remuneración. Una biografía, pienso, que muestra un gran paralelismo con la de otra mujer excepcional de la misma época insuficientemente reconocida, en mi opinión, como es Clara Campoamor, de la que pronto leeremos su obra ‘Mi pecado mortal: el voto femenino y yo‘, disponible también en nuestro Centro de Documentación como lote para grupos de lectura.

Y, cómo no, sorprende que no hayamos conocido a esta autora fundamental hasta hace apenas un año o dos, lo que demuestra el largo olvido en el que cayeron tantas personas excepcionales exiliadas tras la guerra ‘incivil’ española, más todavía en el caso de que las mismas fueran mujeres.

En definitiva, un libro que nos acerca a nuestra historia reciente, todavía -aunque pueda parecer lo contrario- insuficientemente conocida, mostrándonosla desde una perspectiva de mujer y de clase -a veces un poco sectaria, hay que decir-, como ilustran muy bien las citas que se recogen a continuación. Totalmente recomendable su lectura, pues.

Citas de la obra

P. 21-22: “…La mujer rica desea el estío, que le permite cultivar su fina desnudez. La pobre lo teme. La pobre ve con temor la proximidad de los días radiantes de ese sol enemigo que descubre el zapato informe, que ilumina cada deterioro del atavío con la precisión del reflector a la estrella. La mujer pobre ama el invierno, aunque el agua le entumezca los pies. En el invierno, la gente camina deprisa -cada uno a lo suyo-. Hace demasiado frío para fijarse en los demás. Llueve demasiado para detenerse a contemplar una pierna bonita. Y la muchacha modesta no se ve constreñida a caminar salvando el buen equilibrio de un zapato torcido. El invierno enerva los miembros y agrieta las manos desnudas, pero la mujer pobre lo prefiere al estío y a la primavera porque ante todo tiene un sexo y un concepto de la feminidad, que cultiva como la mujer rica su fina desnudez en las playas cosmopolitas.

p. 77 [Sobre Matilde]: “… Piensa en su situación. Que apenas ha cambiado… Su concepto de la vida no ha sufrido variación; al contrario. Su definición de la sociedad: «los que suben en ascensor y los que utilizan la escalera interior», se ha consolidado.

No se llega a una definición tan concreta sin una larga experiencia de la humillación y el dolor; sin antes haber tocado, haber sopesado el valor de cada una de estas dos mitades…

p. 130-131: “… Matilde ha visto de cerca, ha «tocado» la tragedia del hogar, la «felicidad», «la paz» del hogar cristiano, tan preconizado por curas y monjas. El marido llega a él cansado de trabajar -cuando hay trabajo-. Allí hay unos chiquillos que gritan, que lloran, y una mujer mal vestida y gruñona, que ha olivado hace años toda palabra agradable y cuyas manos huelen insoportablemente a cebolla… «… yo no puedo hacer más. Estoy todo el día hecho un burro». «¿Y yo no trabajo? ¡Pero como no traigo dinero!». El marido piensa que las cosas de la casa se hacen por sí mismas… y no le da importancia alguna al trabajo de su mujer, el embrutecedor trabajo doméstico.

Por lo demás, el marido también dice que no puede con tanto trabajo, y la esposa repite hasta el cansancio que está «todo el santo día hecha una mula». Pero también hay mujeres que se independizan, que viven de su propio esfuerzo, sin necesidad de «aguantar tíos». Pero eso es en otro país, donde la cultura ha dado un paso de gigante; donde la mujer ha cesado de ser un instrumento de placer físico y de explotación; donde las universidades abren sus puertas a las obreras y a las campesinas más humildes. Aquí, las únicas que podrían emanciparse por la cultura son las hijas de los grandes propietarios, de los banqueros, de los mercaderes enriquecidos; precisamente las únicas mujeres a quienes no les preocupa en absoluto la emancipación, porque nunca conocieron los zapatos torcidos ni el hambre, que engendra rebeldes… En los países capitalistas, particularmente en España, existe un dilema, un dilema problemático de difícil solución: el hogar, por medio del matrimonio, o la fábrica, el taller o la oficina. La obligación de contribuir de por vida al placer ajeno, o la sumisión absoluta al patrono o al jefe inmediato. De una o de otra forma, la humillación, la sumisión al marido o al amo expoliador.

P. 198-199: “Ante una fábrica de galletas se ha congregado un grupo numeroso de hombres y mujeres. A la puerta de la fábrica hay una camioneta, de la que unos mozos descargan cajones vacíos. Sobre uno de los cuales se ha encaramado una mujer. Que habla y hace gestos expresivos… Se expresa con torpeza, pero con un entusiasmo y sinceridad indescriptibles.

Voy a ser breve y clara. Es necesario que las compañeras de trabajo que no estén asociadas se asocien inmediatamente; que no permanezcan cruzadas de brazos en estos momentos de prueba para la clase trabajadora; que se una al movimiento y a la lucha de nuestra clase, la clase de los oprimidos. Ha pasado el tiempo en que se consideraba ridículas y hombrunas a las mujeres que se preocupaban de la vida social y política del mundo. Antes creíamos que la mujer solo servía para zurcir calcetines al marido y para rezar. Ahora sabemos que los lloros y los rezos no sirven para nada. Las lágrimas nos levantan dolor de cabeza y la religión nos embrutece, nos hace supersticiosas e ignorantes. Creíamos también que nuestra única misión en la vida era la caza del marido, y desde chicas no se nos preparaba para otra cosa; aunque no supiéramos leer, no importaba: con que supiéramos acicalarnos era bastante. Hoy sabemos que las mujeres valen más que para remendar ropa vieja, para la cama y para los golpes de pecho; la mujer vale tanto como el hombre para la vida política y social. Lo sabemos porque muchas hermanas nuestras han sufrido persecuciones y destierros…

P. 202-203: “… Pero Laurita no ha leído mas que novelas frívolas y argumentos de films. La perspectiva de un hijo ilegal entre los brazos la ha trastornado, empujándola al crimen y al suicidio inconsciente. La muerte de Laurita cae sobre la espalda de la sociedad.

Tampoco vendrá Marta. Marta anda por ahí, envuelta en su abrigo costoso, perfumada. En una hora indeterminada la acechan la sífilis y el hambre. También el caso de Marta atañe a la responsabilidad social, a la religión, que hace mujeres tímidas, lloronas e indefensas para la vida…

Más sobre la obra

Obras de la autora en el catálogo del Centro de Documentación

Pulsar en el enlace.

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