El canto de la Alondra, de Willa Cather


Sesión 22 (7 de noviembre de 2011)

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Wilella Sibert Cather (Black Creek Valley, Virginia, 1873 – Nueva York, 1947)

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El canto de la alondra / Willa Cather. — Valencia : Pre-Textos, 2001. — 536 p. — (Narrativa clásicos ; 13)

Resumen: “El canto de la alondra es una de las primeras novelas [de la autora], publicada en 1915, después del gran éxito de O Pioneers! (1913). Con ésta, que homenajea desde su título a Walt Whitman, y con Mi Antonia (1918), la siguiente novela, comparte el motivo de una mujer enfrentada al cumplimiento ineludible de su deber. El canto de la alondra es una gran historia americana, una historia de éxito que cuenta el triunfo de la voluntad, el trabajo, la constancia y el sacrificio.
La historia de Thea Kronborg, una muchacha de origen sueco, con un talento fuera de serie y una individualidad indomable, que llegará a ser una gran cantante wagneriana, está inspirada en la vida de Olive Fremstad (1868 o 1871-1951). Pero la vida de Thea también es, en buena medida, la de la propia Willa Cather. Como su creadora, Thea Kronborg tiene que salir adelante en un pueblo ferroviario de las grandes praderas del Oeste americano, equivoca su vocación, se sacrifica para conseguir lo que quiere y en un momento crucial elige su carrera y deja de lado cualquier vida sentimental…” (Editorial Pre-textos)

Valoración

Si bien se trata de una escritura que se demora un poco en las descripciones, cosa que quizá no venga muy bien en el momento actual, en el que se tiene poco tiempo para casi todo, el libro es muy agradable de leer, al acercarnos a la historia, casi épica, de una heroína poco corriente para el momento en que el libro fue escrito, una mujer que lucha por conseguir lo que quiere ser, contando para ello con la complicidad de su madre y de los amigos que va teniendo a lo largo de su vida, con los que mantiene relaciones poco convencionales dada la época de que se trata.

Aunque no a todas las integrantes del grupo les cayó bien la protagonista de la novela, a la que algunas encontraron fría y poco apegada a familia y amigos. Pero es que hay cosas que a veces exigen la renuncia a otras, como pueden ser unas relaciones familiares poco motivadoras, y eso es algo que a las mujeres no se les suele perdonar fácilmente.

Especialmente bellos y reveladores son algunos pasajes, como el desolador viaje en tren camino de Chicago, cuando comprende dolorosamente que su familia es una rémora en su vida, las páginas 315 y 355, donde se habla sobre lo que es el Arte, o los pasajes que transcurren en el antiguo pueblo indio construido sobre el precipicio de un cañón de Arizona, lugar que le hace reencontrarse con la naturaleza y con su propia fuerza interior, como bien señalaron integrantes del grupo de lectura.

Para completar el comentario del libro, recomendamos la lectura del prólogo de José María Marco para esta edición del mismo.

(Lote de 20 ejemplares del libro disponible para su préstamo en el Centro de Documentación María Zambrano, del Instituto Andaluz de la Mujer)

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5 Respuestas a “El canto de la Alondra, de Willa Cather

  1. Ana Carriles Suárez

    “El canto de la alondra” de Willa Cather fue escrito en 1915 y relata la vida de una mujer que trabajando duramente sin perder de vista su objetivo, logra salir del medio en que nació y conquistar un mundo mucho más vasto.
    Es el llamado “sueño americano”, ese impulso para ser “todo lo que puedas llegar a ser”.
    Esa posibilidad de ser “más” esconde, en mi opinión, cierta dolorosa paradoja: por un lado nos alienta en nuestro camino, pues sabemos que no todo nuestro potencial está siendo manifestado, y por otro nos descorazona, porque la mayoría de nosotros nos sentimos siempre lejos de ese “yo” ideal y la realidad frustra constantemente nuestros sueños.
    En Estados Unidos cada uno debe apañárselas con la existencia sin apoyos estatales, sin apenas educación o sanidad públicas, sin las prestaciones sociales que nos amparan en España. Pese a la crisis actual, todavía vivimos en un país que considera que el estado puede facilitarnos algunas cosas, cubrir algunas de nuestras necesidades básicas. No se nos exige ser en todo momento “todo lo que podamos ser”. Entendemos que a veces necesitamos ayuda.
    Dice Marguerite Yourcenar en su entrevista con Matthieu Galley publicada con el título “Con los ojos abiertos”: “La mayor parte de las personas inteligentes y brillantes a los 20 años nos hacen abrigar esperanzas sobre lo que serán un día. Sin embargo cuántos seres se quedan donde están y qué corto es el despertar. Su capacidad de impulso ha sido muy corta o la vida los ha vencido brutalmente”.
    Thea Kronborg, la protagonista de “El canto de la alondra” no se detendrá ante nada, de ahí que sea uno de esos pocos seres capaces de atravesar cualquier dificultad para alcanzar su meta..
    La admiramos, sí. Y nos queda un poco lejos.
    Y esto sucede porque los personajes heroicos están comprometidos al 100% con su tarea y no hay amor turbulento, compromisos familiares ni tentaciones que los desvíen de su camino.
    En una sociedad como la andaluza, con tanta vocación para el placer, quizá se consigan mejores perspectivas vitales que en la norteamericana.
    Aquí buscamos más el disfrute de las cosas sencillas, de compartir con los amigos esa cervecita, de celebrar la primavera, de respirar el olor a azahar…
    Yo, que vengo del Norte, admiro mucho ese “saber vivir” de los andaluces, ese cachondeo que le quita hierro a lo que sea y nos pone a vivir sin darle tanta importancia a lo que no la tiene o, como dirían aquí: la vida es demasiado importante para tomársela tan en serio…
    Con todo, una mujer en los albores del siglo XX que haya sido capaz de seguir su camino hasta el final es un punto de refererncia para toda mujer que desee conquistar su independencia y honrar su talento.
    No ha sido fácil para nosotras respetar ese deseo profundo de ser fieles a nosotras mismas cuando todo a nuestro alrededor conspiraba para alejarnos de nuestro centro.
    La maravillosa libertad interior de Thea Kronborg nace de su negativa a plegarse a los convencionalismos, de su aversión a lo falso o lo mediocre, de su constante compromiso con lo auténtico,
    Por eso es tan emocionante el capítulo en que, hastiada de la vida urbana y su juego social, donde la búsqueda del aplauso pesa más que la búsqueda de la excelencia, se va a una tierra desnuda y silenciosa donde se vuelve a encontrar consigo misma y recupera su fuerza vital.
    El capítulo titulado “El pueblo ancestral” está lleno de pasajes sobrecogedores, tan magníficamente descritos que parece que estemos allí, oliendo las piedras recalentadas por el sol.
    Allí Thea se reencuentra con la majestuosa naturaleza de su infancia. Reconocemos en su experiencia la prodigiosa capacidad sanadora que la naturaleza tiene para las mujeres: ” Regresaba a las fuentes de contento más antiguas que recordaba…Aquella noche (…) se sintió totalmente liberada del deseo tiránico de triunfar en el mundo. La oscuridad recuperó el dulce asombro que había tenido en la infancia.” Aquella niña solitaria, que valoraba más que ninguna otra cosa su pequeño cuarto independiente en una casa llena de gente, vuelve a construirse un refugio-santuario en El Cañón del Puma: “un nido sobre un precipicio alto, lleno de sol”.
    Thea se entrega a la indolencia, a las sensaciones, se vuelve receptiva y sensual. Las cosas suceden sin esfuerzo y ella florece.
    La imagino allí, con la misma capacidad que tenía para trabajar sin tregua, sólo que ahora su tenacidad se expresa acomodándose a las horas, a la soledad, al sol implacable, al silencio.
    Algunos pasajes revelan un pensamiento muy lúcido a cerca del arte: ” ¿Qué era cualquier arte sino un esfuerzo para hacer una envoltura, un molde en el que aprisionar un instante el elemento luminoso, esquivo, que es la vida misma?…la vida apresurándose a nuestro lado y escapando, demasiado fuerte para detenerla, demasiado dulce para perderla.”
    Admirando trozos de vasijas encontradas en un pueblo abandonado dice: “Todas aquellas cosas te inducían a desear hacerlo lo mejor posible y contribuir a cumplir algún deseo del polvo que allí dormía. Un sueño había sido allí soñado hacía mucho, en la noche de los tiempos…”
    Mientras permanece en el cañón Thea está alineada, recorrida de arriba abajo por un eje armónico que le da salud, potencia física, belleza y felicidad. Es una con el paisaje, resuena con el entorno y produce una melodía nueva.
    El tramo final de la novela relata la vida que lleva Thea cuando ya ha triunfado como cantante de ópera. Sigue siendo una mujer admirable, dueña de sí misma, pero agotada por las exigencias de su carrera, sin la luminosidad de sus días de contemplación de la naturaleza.
    Quizá lo único que se nos pide en esta vida sea ser lo que somos ahora, que permanecer conectados con nuestro ser en cada momento sea lo que nos da paz, más allá de los logros personales.

  2. Gracias, Ana, por regresar al “pueblo ancestral” con tu reflexión. Y reflejar la luz.

  3. muchas graias por esta vision del libro y de la vida,
    Carmen Oyarzabal.

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