PONOLANI, de Dora Alonso


Carmen (Ballester) nos regala este bonito cuento de la cubana Dora Alonso (más información de la autora y fragmentos de su obra en: CubaLiteraria)

“Emilia me refería de su abuela paterna, que era mandinga. De su abuelo, gangá. De su madre, nativa de una aldea llamada Sama Guengueni. Su madre era macuá.
-Otros dicen que era macuá-yambani. No sé…. Yo soy criolla.
Seguía contando Emilia:
-Allá en su pueblo ellos comían, mi abuela, mi abuelo todos ellos, guías de calabaza, malanga, maní, namuñé y ají con pescaditos secos machacados juntos.
Emilia continuaba:
Mi abuela estaba embarazada de ocho meses cuando mandó a mi madre a buscar agua al río en un calabazo…
Ponolani, la negrita macuá, obediente, con sus pies descalzos y ágiles donde se enredaban bejucos y florecitas silvestres, caminó los trillos de una escondida aldea del continente lejano. Tal vez era la mañana y ella se entretuvo con las mariposas o mirando algún vuelo de colores violentos. O sintiendo el ruido de la cascada donde las piedras se adivinaban mojadas, mojadas…
Los ojos de la niña serían muy brillantes y reflejarían todo lo que se movía en la selva. Y en el agua limpia. Y en el aire donde la luz ponía signos de pájaros cada nueva mañana.
Quizá si Ponolani se sentaría un momento sobre un tronco a sonreír y a pensar en los cuentos que la noche antes oyera referir a un abuelo de mota nevada, mientras la luna salía redonda y grande y lenta luna de agua madura, por encima de la choza africana, derramándose sobre la selva dormida y poniéndose en los ojos de las leonas.
El güiro iba en su hombro oscuro, de piel fina, estirada. La manita niña lo abarcaba, sujetándolo firme. Otra vez Ponolani echaba a andar con su paso sin ruido con sus dos pies finos que eran amigos de la tierra y de las hojas caídas, viendo danzar las ramas sobre su cabeza y sintiendo por la frente menuda el paso de los cuentos y de las maravillas de los diez años
La hija de la tribu no vio nada distinto aquel día. Su oído negro, su pequeña oreja de crista, no sintió ruido diferente: que pasaba el río y pasaba, murmurando en su corriente y haciendo avanzar ramitas, yerba, algún lomo de cocodrilo fugaz. O anchas flores nacidas del corazón del agua.
Y, sin embargo, allí cerca, más que fiera y que colmillo y garra, escondido en el río y en la selva de siempre y de luna, la acechaban…
Cuando quiso huir, ya era tarde. Cuando quiso gritar ya era tarde. A golpes de palo de monte, de duro palo de hierro, le partieron un brazo. Como ala de pájaro quedó colgando el brazo de la niña africana de la aldea de Sama Guenguení.
Y en su ala mutilada sin respeto ni justicia de ángeles, enredaron cadenas los hombres de la Trata, que la apresaron. Que se la llevaron.
El mar azul de Yemayá mecía después la niña y el barco, robándosela a los trillos y a las mariposas y a la voz de la madre, que clamaba por ella, abriendo anchos círculos de silencio y de miedo en la selva intranquila:
-¡Ponolani, ay, Ponolani!…
Y el alma sola, acongojada. Sin respuesta.”

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